La etimología de la palabra diálogo parte del prefijo dia, que significa “a través” y de la raíz logos que significa “palabra”. De manera que el diálogo no es simplemente aquello que sucede y que suele verse de manera intrascendente, sino todo lo que se puede construir a través de las palabras.
Pero en Colombia el diálogo no existe como espacio de construcción, sino como una forma de autolegitimación entre los que piensan de manera semejante. Por eso es frecuente ver escenarios de participación en los que se busca crear una falsa apariencia de pluralidad, en estos se invitan a actores, cada uno más radical que el otro. Estos espacios, en lugar de ser democráticos, se convierten en un espectáculo en el que cada ponente busca el argumento más certero para que la audiencia asienta con la cabeza e incluso aplauda en medio de las palabras. Así, los llamados espacios de diálogo en Colombia no construyen nada, solo buscan destruir y negar a la contraparte.
Esta situación se vivió el pasado 9 de abril en el Congreso de la República, el Día nacional por la memoria y la solidaridad con las víctimas del conflicto armado. Ese día, en lugar de diálogo, lo que se presentó fue una negación absoluta entre los distintos participantes: hubo acusaciones, señalamientos, insultos y muchos dedos que se señalaban mutuamente. De nada sirve seguir promoviendo falsas pluralidades que niegan la democracia, pues en lugar de contribuir a la paz, solo profundizan y legitiman las motivaciones que están en la raíz de nuestra guerra, cuyo costo nadie está dispuesto a asumir; porque este es un país que tiene millones de víctimas y, al parecer, ningún responsable.
Para John Paul Lederach, reconocido por sus investigaciones en paz y reconciliación, es fundamental que se los improbables se encuentren: “El cambio no surge de espacios de personas que piensan igual, el cambio sustantivo y duradero surge cuando logramos espacios de personas no muy probables’, (…) de personas que vienen de formas de entender, percibir, ver el mundo muy distintas. Personas tan diferentes que cuando logramos un diálogo entre ellas, podemos decir que ya se da un milagro”.
Desde los planteamientos de Lederach no basta con hacer una invitación accidental para que dos adversarios reafirmen sus creencias, sino crear las condiciones para que cuando se dé dicho encuentro, el resultado no sea violento a través de la negación del otro. Pero este es un proceso lento y desafortunadamente en Colombia la construcción de paz está en el centro de los intereses de sectores políticos, que siempre parecen estar en campaña electoral. Por eso reconocer al otro y sus posiciones parece más un acto de debilidad que un gesto de reconciliación.
Muchas veces usamos la expresión “diálogo de sordos” para simplificar un proceso de comunicación que parece inexistente. Sin embargo, los diálogos entre sordos sí existen, se dan a través del cuerpo, de los ojos, de las manos que dibujan en el aire palabras que aún no están en el diccionario, pero que vemos cuando cerramos los ojos. Así como la población sorda construyó un código cuando parecía imposible una comunicación sin sonidos y sin escritura, en el país necesitamos que comience por primera vez un diálogo que llevamos décadas aplazando y que supongo no necesitará de palabras, quizá baste una mirada sincera que nos permita ver a ese otro que tanto hemos negado.