El problema no solo es acabar la guerra, es aprender a vivir sin miedo.
Todo parece indicar que la firma de los acuerdos de paz se dará en pocas semanas, sin embargo, ese parece ser un detalle menor si se compara con la incertidumbre y el miedo que muchos colombianos tenemos de lo que va a pasar después de la firma.
¿Cómo explicar ese miedo? Quizá la mejor manera sea a través de la literatura infantil, más exactamente, del libro álbum –esos volúmenes con dibujos y poco texto que muchas veces juzgamos como simples y anodinos–. El libro que usaré como metáfora fue escrito por Ivar Da Coll, autor e ilustrador colombiano, y su título es: “Tengo Miedo”.
El libro cuenta la historia de Eusebio, quien no puede dormir: “Tiene Miedo”. En la página siguiente el pequeño Eusebio está arrinconado en su propia cama, bajo las cobijas ve o cree ver seis grandes fantasmas que llenan su cuarto. Preso de sus temores Eusebio va a donde Ananías y le cuenta por qué no puede dormir. Le habla: “de los monstruos que tienen cuernos…; De los que son transparentes…; De los que tienen colmillos…; De los que vuelan en escoba y en la nariz les nace una verruga…” Los enumera a todos.
Ananías le pide a Eusebio que se siente a su lado, que él también quiere contarle algo: “Ellos también sienten miedo…” Le comienza a explicar: ellos “no pueden estar juntos como los buenos amigos; Para ellos no hay tranquilidad; Porque, ¿cómo confiar en alguien que no es un verdadero amigo?”.
Las imágenes del libro son muy poderosas, evocan, de manera trágica, esos fantasmas con los que muchos colombianos hemos vivido por décadas y que siguen estando presentes cuando cerramos los ojos: el monstruo de cuernos del secuestro, el monstruo de colmillos de la desaparición forzada, la destrucción y el desplazamiento. Pero plantea otra realidad, mucho más compleja y que como sociedad creo que tampoco hemos sido capaces de pensar: ¿qué hay detrás de esos fantasmas?
El nivel de polarización que atraviesa el país me ha hecho volver sobre esta historia, quizá porque en el fondo creo que muchos colombianos somos Eusebio y también los fantasmas que lo atormentan en la noche. Basta con mirar las redes sociales o escuchar los comentarios en la calle para saber que detrás de tanto discurso de odio, lo que se oculta es un profundo miedo.
Hace pocos días leí una noticia que decía: “Santos ordena enseñar a niños las ideas de las FARC”. La nota fue publicada por una plataforma afín al expresidente Uribe. El desarrollo de la noticia se sustenta en una madre que se queja de la Cátedra para la paz, pues en el marco de esta “su hija fue obligada a asistir a una cátedra para hablarles de las FARC”.
De muchas maneras la actitud de la madre puede ser polémica. Es cierto que estos temas deben ser tratados con mucho cuidado, justamente para evitar confusiones entre explicar el origen histórico de un actor armado y la justificación de su discurso fundacional. Sin embargo, es triste que la madre, en lugar de entablar un diálogo con su hija sobre el contenido de la cátedra, aproveche la oportunidad para transmitir a su hija sus odios, pero sobre todo, sus miedos.
Como profesor de colegio, tuve la oportunidad de colaborar en la organización de varios eventos con representantes de distintos sectores sociales y políticos. Fueron más de treinta, pero ninguno fue tan significativo como el día en que al colegio asistió el Director de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), Joshua Mitrotti. Su intervención fue concisa, en veinte minutos les explico a cerca de 200 estudiantes qué era la ACR.
Mitritti no quiso extenderse en su intervención, quería dar la oportunidad de que los estudiantes escucharan la experiencia de dos excombatientes que habían decidido dejar las armas y comenzar una nueva vida. Uno de ellos había pertenecido a las FARC, la otra había pertenecido a las AUC. El diálogo fue cordial y en ningún momento pretendieron justificar sus acciones. Pero hubo un momento determinante en las palabras de uno de ellos, ocurrió cuando uno de los estudiantes preguntó si no tenían miedo. Tras unos segundos de silencio, el excombatiente contestó que sí, que tenía miedo, pero no de los miembros del grupo que abandonó o los del bando enemigo; contestó que tenía miedo de ser señalado cuando caminaba por la calle o se subía a un bus, que en ese momento, frente a ellos –jóvenes de colegio– sentía miedo, le daba miedo que no le dieran una oportunidad de cambiar.
Al igual que en el cuento de Ivar Da Coll, el miedo de unos se mezcló con el miedo de los otros, en ese momento comprendí el alcance de la palabra reconciliación, es difícil definir esa palabra que ha intentado institucionalizarse, que se usa de manera indiscriminada y, no en pocas ocasiones, se acomoda de manera artificial en los discursos oficiales.
En la mirada de los estudiantes, en el silencio respetuoso que se produjo ante esa respuesta había algo que nunca había presenciado. Sin que nadie se lo propusiera, en el auditorio se dio un gesto auténtico de paz. No hizo falta firmar papeles, inventar ceremonias, tan solo bastó dar la oportunidad de la palabra, establecer un diálogo y reconocer que en este país, todos tenemos miedo.