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Libros detrás de los cristales

12 de abril de 2018 - 12:05 a. m.

Cuando me entero de que hay una nueva librería en la ciudad siento que la felicidad pasa por mis venas, como esos milimétricos pescaditos dorados de los que hablaba Cortázar en su cuento Un pequeño paraíso.

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El ritual de la primera visita comienza con disponer de tiempo suficiente, porque no se pueden visitar las librerías de afán, como quien va a un banco o a una cita médica. Con tiempo de sobra uno se para frente a la vitrina y pasa la mirada por los títulos y novedades exhibidas. En el proceso uno se encuentra con libros reseñados en revistas o recomendados por amigos; nuevas ediciones de lecturas pasadas: verlas ahí es como encontrarse con una vieja fotografía de un momento feliz al que se quiere volver.

La revisión de la vitrina debe ser minuciosa. Walter Benjamin, el filósofo alemán, solía hablar del flanêur como ese personaje que se tomaba su tiempo para andar por la ciudad sin afanes, observándolo todo, estudiándolo todo. Esa forma de recorrer la ciudad también es una forma de habitarla, afirmaba Benjamin, pensaba al flanêur como un investigador capaz de leer la ciudad en formas que no puede comprender alguien que va de un lado a otro sin detenerse en los detalles. Ese método es el que requiere un lector cuando se para frente a los cristales de una librería.

Con el paso del tiempo he llegado a encontrar cuatro tipos de vitrinas de las librerías bogotanas. Las primeras y las que más me gustan son las que tienen una dimensión que podría considerarse cuadrada. Uno se para en la mitad y tiene la posibilidad de contemplar todos los títulos sin tener que hacer grandes movimientos, apenas unos cuantos pasos al costado y acercar un poco la cabeza al vidrio para mirar los detalles de ciertos libros. Me gusta pensar en los criterios de selección que tiene la persona que se encarga de organizar estas vitrinas, en cuyo reducido espacio siempre debe haber lugar para lo clásico y lo contemporáneo. Debo confesar que me gusta especialmente la vitrina de Arte y Letra, de lejos tiene la mejor selección de libros importados, uno puede recorrer toda la ciudad y sabe que siempre regresará a esa misma librería.

La segunda categoría son librerías cuya vitrina es horizontal, aquí uno podría ubicar la Lerner del centro, la del Fondo de Cultura Económica y las universitarias. Son buenas en contenido y cuando uno entra en ellas suele encontrar lo que busca. Sin embargo, sus vitrinas pueden resultar abrumadoras, pues hay que desplazarse mucho de un lado a otro para tener una visión general de la exhibición. Además, resulta confuso, cuando uno llega al final de la vitrina muchas veces tiene que regresar para recordar algún título que resultaba interesante. La tercera categoría son las librerías Panamericana. Pero bueno, esta no es formalmente una librería, es más una miscelánea de electrodomésticos, productos escolares y artículos de oficina en la que, accidentalmente, también venden libros. Por eso, si algún día cierran la Panamericana, ningún lector sentirá que hay una librería menos en la ciudad.

La última categoría es a cielo abierto, me refiero a esos libros que se venden en la calle y que tiemblan de frío por estar expuestos al clima y sus circunstancias. Allí, entre el azar de esas librerías de calle, he encontrado tesoros bibliográficos que llevaba meses e incluso años buscando. Recuerdo que durante mucho tiempo busqué la biografía de Balzac escrita por Stefan Zweig, y ahí estaba esperándome, una mañana de domingo entre los libros que se exhiben en el mercado de las pulgas.

A veces pienso que las vitrinas de las librerías son como acuarios; uno se queda horas viéndolos y dan ganas de tocarlos. En más de una oportunidad me he visto en el reflejo del cristal, me veo y mi imagen se confunde con la de los libros, como ese otro cuento de Cortázar, en donde un hombre termina del otro lado del acuario.

charriahernandez@hotmail.com

@arturocharria

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