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Los lectores y sus manías

06 de julio de 2016 - 10:05 p. m.

Mucho se ha escrito sobre la lectura como acto solitario, pero muy poco se ha dicho sobre los rituales y las manías que acumulan los lectores.

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Todo comenzó en una reunión de trabajo. La tallerista nos preguntó por nuestras manías. Cuando llegó mi turno no supe qué decir, respondí cualquier cosa. Sin embargo, una compañera me dijo: “alguna manía suya debe estar relacionada con libros”. Durante la reunión comencé a enumerar en una hoja la lista de esas posibles manías: 1) no parar nunca una lectura en la página de la derecha; 2) no estar en la calle sin un libro; 3) si salí sin un libro, entrar en una librería para comprar uno; 4) marcar con más datos personales la primera página de un libro cuando subo a un avión…

Durante ese día estuve pensando en las manías de otros lectores: pensé en amigos cercanos, compañeros de universidad, pero también en otras lecturas en las que se hablaba del tema. Esa noche le escribí a varios colegas, les pregunté por sus manías literarias. Las respuestas tienen poco valor estadístico si se piensan desde el rigor científico, pero me recordó aquella frase de Gabo: escribo para que mis amigos me quieran más.

Así, me enteré de que Sergio no puede comenzar a leer sin lavarse las manos, incluso si las tiene limpias: “no puedo comenzar esa actividad si no siento las manos frescas”. Saúl anda siempre con una hoja en blanco, la dobla en varias partes y la recorta en pedazos de 2cm x 5cm; cuando encuentra un poema que le gusta, pone un trozo de papel para marcar ese instante.

Entre las respuestas descubrí la sensibilidad de Iván, que lleva veinticinco años sin olvidar el olor de una biografía sobre Dostoievski: es como el perfume de una mujer que aun espera. Tania, por ejemplo, dobla las esquinas  de los poemas que le gustan. Ella dice que no tiene ninguna manía en especial, salvo las lágrimas para los versos más tristes.

Carolina y Jorge disfrutan de los placeres extensivos a los que solo pueden llegar los que aman los libros. Ella es feliz buscando el dibujo de un árbol para hacer un sello que sirva como Exlibris. Él es feliz coleccionando separadores de librerías, los guarda como si fueran monedas de oro de un galeón hundido.

Andrés y Jaime se niegan a marcar un libro. El primero deja asteriscos en el borde de las partes que le interesan y el segundo dobla de forma imperceptible las puntas de las páginas que lo conmueven. Camilo es más excéntrico: dobla la esquina de la página que quiere recordar y luego raya con su uña aquello sobre lo que quisiera volver a leer algún día.

Pocos relatos cautivan tanto como el de Renson: “Poeta, yo leo con resaltador amarillo. Nunca con verde u otro color. Tiene que ser amarillo. La manía me viene de los doce años cuando leí Cien años de soledad y las mariposas amarillas: me gustó tanto que todo lo veo en amarillo”.

Sin embargo, ninguna respuesta fue tan excéntrica como la que Roberto contó de nuestro amigo común Ulises Lima “Se duchaba con un libro. Leía en la ducha. Casi todos sus libros estaban mojados. Al principio yo pensaba que era por la lluvia. Pero un día me fije que entraba al baño con un libro seco y que al salir el libro estaba mojado”. Roberto contaba cómo de aquel libro caían gotas de tinta desleída de las anotaciones de los márgenes. En su defensa, Ulises Lima dijo que solo leía poesía en el baño.

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Esas respuestas fueron cartas de amor de mis amigos. Sin proponérmelo, encontré en sus palabras el rastro de un amor, que como la literatura, nunca termina. Ellos sabrán encontrarse en estas líneas, así como yo los descifro entre los personajes de mis libros preferidos.

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