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Los malos perdedores

09 de marzo de 2016 - 09:00 p. m.

En este país la democracia solo funciona cuando mi partido político gana las elecciones.

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Hace pocos días un puñado de congresistas del Centro Democrático, acompañados de igual número de periodistas y el doble de escoltas, exigía la renuncia del Presidente Santos. Pero esta no es una situación aislada: la vimos el primero de enero de 2013, cuando Miguel Gómez Martínez, exrepresentante a la Cámara por Bogotá, hacía oficial la campaña de recolección de firmas que pretendía revocar el mandato del entonces alcalde Gustavo Petro.

Esta actitud está lejos de ser un gesto democrático y de soberanía popular, como intentan afirmar quienes promueven revocatorias y renuncias. Al contrario, se parece a la actitud de muchos equipos de fútbol, que ante la imposibilidad de ganar en los 90 minutos de juego, pretenden alcanzar la victoria en un escritorio de la Dimayor.

Así, el discurso de la oposición en Colombia se ha limitado a una simple caja de resonancia de rumores y de desinformación. En lugar de ofrecer una alternativa real de gobierno, la oposición solo busca generar miedo y ansiedad en los ciudadanos.

Es muy grave que esta situación se esté convirtiendo en la forma de hacer política en el país, pues no solo desdibuja el rol que debe tener la oposición dentro de un sistema político, sino que, además, está destruyendo uno de los instrumentos más importantes de participación ciudadana que hay en Colombia: la revocatoria del mandato.

Según la Ley 134 de 1994, que reglamenta los mecanismos de participación ciudadana, “la revocatoria del mandato es un derecho político, por medio del cual los ciudadanos dan por terminado el mandato que le han conferido a un gobernador o a un alcalde”. ¿Cuándo se debería hacer? Un año después de posesionado el mandatario y cuando haya un alto inconformismo por mala administración o cuando el alcalde o gobernador no cumplan con su plan de gobierno.

Sin embargo, un mecanismo que busca dar más garantías de participación a los ciudadanos termina por convertirse en un instrumento político que usan los malos perdedores, es decir, la “oposición”, para presionar y cuestionar la legitimidad del gobernante en ejercicio. Dada la polarización que hay en Bogotá, donde los últimos dos Alcaldes a penas si han logrado obtener la tercera parte de los votos, resulta rentable promover la figura de la revocatoria del mandato. Basta entonces con reafirmar una imagen negativa en las otras dos terceras partes, a través del miedo y del oportunismo, para comenzar a hablar de revocatoria.

Como la revocatoria de mandato solo aplica para alcaldes y gobernadores, el Centro Democrático ha tenido que limitar sus acciones a pequeños letreros en los que exigen la renuncia inmediata de Santos. Por un momento pensemos que el Presidente se asoma por la ventana y alcanza a leer los letreros de sus opositores, que se sienta a reflexionar sobre el contenido de estos y tras consultarlo con su esposa y sus hijos decide renunciar. ¿Qué pasaría al día siguiente? ¿Se arreglaría el país? ¿Bajaría el precio del dólar? ¿Subiría el precio del petróleo? ¿Comenzaría a llover como en Macondo durante cuatro años, once meses y dos días?

La democracia en Colombia implica una sana transición en el poder, que un mal gobierno sea castigado electoralmente y pase, en caso de mantenerse en la escena política, a la oposición. En el país esto funciona medianamente bien, los presidentes y los alcaldes abandonan los palacios y despachos donde ejercían su reinado. Sin embargo, en su cabeza y sobre todo, en su corazón, no conciben que ya no tengan en sus manos el poder, que las cámaras ahora iluminan otros rostros. No comprenden que un sistema democrático necesita, más que gobernantes desempleados, una oposición capaz de dar debates de altura.
 

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