En días pasados, Adriana Valderrama, la nueva directora del Museo Casa de la Memoria, de Medellín, dio una entrevista al portal Pacifista que ha generado gran polémica.
En dicha entrevista, se refirió a los informes del Centro Nacional de Memoria Histórica y en especial al “¡Basta Ya!”: “Los que se producen en el CNMH son documentos de cultura y todo documento de cultura se vuelve de alguna manera un instrumento de opresión porque quien tiene el relato es el vencedor”. Es peligroso el argumento de la nueva directora, porque mezcla varios elementos de manera confusa. Hagamos un análisis en detalle de esta sentencia.
Primero, manifiesta un malestar que es válido: el CNMH no es la única organización autorizada para hablar de memoria y en nombre de las víctimas. Creo que la nueva directora confunde visibilidad o trayectoria con hegemonía (palabra que usa en otra parte de la entrevista). En ningún informe del CNMH se habla de “verdades históricas”, al contrario, basta con remitirse a las primeras páginas para encontrar en estas la palabra “contribución”.
Segundo, Valderrama retoma un argumento que olvidó citar, el expuesto por la crítica literaria de la India Gayatri Spivak, quien se pregunta: “¿Puede hablar el subalterno?”. Para Spivak, si un grupo social ha sido excluido, parte de esta segregación está determinada por el hecho de que su voz no es escuchada, por tanto, cuando la voz de un grupo social marginado logra irrumpir en la escena pública perdería su condición de “subalternidad”. Desde la perspectiva de la nueva directora del Museo Casa de la Memoria, cuando la voz de las víctimas es atendida por instituciones estatales, esta perdería de manera inmediata su “pureza” discursiva y pues habría sido cooptada por el Estado.
Tercero, según Valderrama las víctimas deben evitar que su nombre aparezca en un libro del CNMH, porque si aparece, serán parte de la “historia oficial”, del discurso hegemónico de los vencedores. Adicionalmente, resulta polémico afirmar que “todo documento de cultura es un instrumento de opresión del vencedor”. Según las palabras de Valderrama, las víctimas, por lograr un espacio en los informes del CNMH, habrían pasado de oprimidos a opresores, de la derrota a la “victoria”.
Cuarto, la forma en que descalifica la metodología y el trabajo de campo con que se construye cada informe del CNMH es irresponsable con las víctimas y con los investigadores que dedican meses e incluso años en la producción de cada uno de ellos. Desconoce los procesos de concertación que se hacen con las comunidades, así como los debates internos que hay al interior del CNMH antes, durante y después de la producción de cada informe.
Las palabras de la nueva directora evidencian varias tensiones que cada vez se harán más intensas: ¿Qué papel juega la memoria en la construcción de paz? ¿Quién o quiénes escriben esa memoria? ¿Pierde la memoria su potencial político al institucionalizarse? ¿Qué papel juegan los Museos y los Centros de Memoria en la construcción y divulgación de estas memorias? Todas estas preguntas, por incómodas que sean, deben plantearse, sin embargo, deben hacerse siempre desde la convicción de que en el centro de este debate están las víctimas y que muchos de los juicios que resulten de esta discusión podrían revictimizarlas.
El debate que se ha abierto en Medellín no es menor, pues esta ciudad es un crisol de todas las violencias presentes en la historia del conflicto armado, así como las nuevas dinámicas que han emergido con el nacimiento de las llamadas Bandas Criminales. Este debate abierto por Adriana Valderrama debe tener en cuenta que el capital más grande con el que cuenta el Museo Casa de la Memoria, de Medellín, es la legitimidad de las víctimas y el reconocimiento ganado no solo en la ciudad, sino en la región.
Es importante que en esta discusión entren en un sentido amplio las organizaciones de víctimas, otros lugares y centros de memoria y distintos sectores sociales. El Museo Casa de la Memoria debe estar abierto a la reflexión crítica, no puede perder el capital social ganado y mucho menos romper los vínculos construidos con el CNMH. Pues si bien es cierto que la memoria es plural y compleja, hace menos por el debate que cada sector político cabe su propia trinchera de la memoria, desde la que se complazca mirando su propio ombligo.
* Esta columna la escribo desde mi conocimiento en el campo de memoria y museos, experiencia que he desarrollado en distintas organizaciones, entre las que se encuentra el Centro Nacional de Memoria Histórica.