De tanto usar la palabra paz esta se volvió gris, como una masa insípida que pasamos de un lado a otro de la boca sin que logremos encontrarle el sabor.
Por eso esta paz debe ser más patafísica que política. De política ya sabemos bastante y nos agota. Entonces concentrémonos en la patafísica. ¿Qué es? un “pianóctel”: un piano capaz de preparar bebidas según la melodía que se toque; una nota musical corresponde a un alcohol, a un licor o a un aroma. así el cóctel perfecto es el que sale de tocar “Loveless love” de Louis Armstrong. La receta es de Boris Vian y está en su novela La espuma de los días.
Por eso esta paz debe ser más patafísica que política. De política ya sabemos bastante y nos agota. Entonces concentrémonos en la patafísica. ¿Qué es? un “pianóctel”: un piano capaz de preparar bebidas según la melodía que se toque; una nota musical corresponde a un alcohol, a un licor o a un aroma. Así, el cóctel perfecto es el que sale de tocar “Loveless love” de Louis Armstrong. La receta es de Boris Vian y está en su novela La espuma de los días.
El primero en hablar de patafísica fue Alfred Jarry a finales del siglo XIX, la definió como “La ciencia de las soluciones imaginarias”. Sostenía Jarry, que la patafísica estudia las leyes que regulan las excepciones.
La lista de artistas e intelectuales que han militado en esta disciplina es larga y recorre las principales vanguardias del siglo XX. Entre los patafísicos más destacados se encuentra Julio Cortázar, para el escritor argentino esta ciencia era una forma para entender el mundo y para comprender el de sus personajes: “Con la Maga hablábamos de patafísica hasta cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso) caer de continuo en las excepciones”.
De esta particular manera de ver el mundo surgen las famas, los cronopios y las esperanzas, personajes creados por Cortázar. Los primeros son racionalmente complicados, se quedan en los detalles y olvidan el universo; los segundos son una feliz alegría; los últimos se dejan llevar: “son como estatuas que hay que ir a ver”. La felicidad de los cronopios se debe a que ellos creen que el mundo es una fiesta y que todos están invitados.
De ahí la necesidad de pensar y de reinventar la palabra paz desde la mirada de los cronopios: “como una fiesta a la que todos estamos invitados”. Porque los cronopios sonríen cuando dicen la palabra paz, la “z” les dibuja una sonrisa en el rostro cuando suena. En cambio las famas leen las 297 páginas de los Acuerdos en detalle -buscan la trampa- leen la palabra paz con calculadora y con libro de contabilidad, cuentan con los dedos los números que no caben en la pantalla para ver si alcanza la plata. Las esperanzas no saldrán a votar, a ellas no les importa la paz, porque antes tampoco les importaba la guerra.
Los cronopios, patafísicos por naturaleza, construyen máquinas sin ser ingenieros, bailan aunque no tengan ritmo, agitan banderas blancas los viernes al mediodía en los parques de la ciudad, tocan tambores, se abrazan y sonríen, sobre todo eso, sonríen mucho. Los cronopios saben que el futuro no debe ser predecible para ser posible. Por eso se toman las calles con alegría de carnaval y hasta logran mover algunas esperanzas; juegan a saltar la cuerda en los semáforos y pintan murales de un blanco que es de todos los colores.
Hay que quitarle la paz a los políticos (que son famas por naturaleza), para que el sonido de la palabra vuelva a ser dulce cuando la sintamos en la boca.