Una de las principales exigencias que hacen los habitantes de la localidad de Sumapaz es que los incluyan en el mapa de Bogotá. No se trata de un tema menor, pues la mayoría de las imágenes que trazan las calles de la capital están mal. Los cerros, que se convierten en el principal referente de los bogotanos, siempre apuntan hacia el norte, coronados por Guadalupe y Monserrate, cuando en realidad deberían ubicarse en el oriente. Si quisiéramos comparar el mapa de Bogotá, podríamos hacerlo con el de Chile, pues la ciudad es una larga y delgada extensión vertical que al final se parte y ensancha como la cola de un rayo.
Sin embargo, el mapa de Bogotá siempre se dibuja horizontalmente. Así aparece en las estaciones de Transmilenio y en las guías turísticas, en los textos escolares y en los folletos institucionales del Distrito. Siempre es la misma imagen, siempre es el mismo error. Ahora bien, ¿qué implica no saber leer un mapa? Y, lo que resulta más grave aún, ¿qué significa no existir en él? Lo primero nos desorienta, nos hace tomar decisiones equivocadas y errar el camino. Lo segundo, invisibiliza, silencia y anula, pues el mundo es lo que cabe en el mapa y así ha sido desde que los primeros cartógrafos comenzaron a soñar la geografía del universo.
Trazar un mapa no sólo es un asunto de planeación, sino un ejercicio de poder. Por eso resulta problemático que, aunque Sumapaz representa el 55% del territorio de Bogotá, no exista en los mapas, y cuando aparezca, solo sea de manera sugerida y cortada, como si se tratara de un párrafo que siempre termina en puntos suspensivos. Para dimensionar esta decisión arbitraria, basta imaginar que de golpe alguien borrara del país todo lo que está del otro lado de la cordillera oriental, y con ese gesto desaparecieran las llanuras de la Orinoquía y las selvas de la Amazonía.
Al desconocimiento espacial del territorio se suma la poca información que tenemos de él. Sumapaz no ha sido narrada. Son pocos los textos en los que se habla de esta localidad que desborda a Bogotá, ya que, salvo algunas investigaciones académicas que llegan a audiencias muy reducidas, es mínimo lo escrito sobre esta región. Sin embargo, se destaca el libro infantil Los agujeros negros de Yolanda Reyes, escrito como un homenaje a los defensores de Derechos Humanos Elsa Alvarado y Mario Calderón, quienes fueron asesinados en 1997 y cuyo trabajo estaba íntimamente ligado a Sumapaz.
En este mismo orden, la Alta Consejería para los Derechos de las Víctimas La Paz y la Reconciliación, acaba de lanzar una cartilla de cuentos que recoge las voces de seis víctimas de este territorio. Se trata de un conjunto de relatos en los que el conflicto armado aparece en forma de lobos, aves y murciélagos, y las víctimas emergen como conejos que se pierden en madrigueras interminables. En estas historias la naturaleza es protagonista y el campo también sufre el impacto de la violencia: “Un día la tierra estalló y varias personas quedaron heridas. A mí sí que me da miedo eso porque la tierra queda muerta”, escribió Martha Cabrera, quien llegó a la región desplazada de San José del Guaviare.
Por eso, para los habitantes de Sumapaz cambiar el mapa de Bogotá no es algo mínimo: se trata de una deuda histórica que tiene como punto de partida el reconocimiento de su existencia. Aprender a narrar a Sumapaz implica girar el sentido con el que solemos mirar la ciudad, aunque eso implique “perder el norte”, y tener como referente el sur: allá, detrás de los cerros, en el Páramo en donde nace el agua y en donde también comienza la vida.