Nunca se deja de buscar a los desaparecidos. No importa cuántas veces gire el mundo sobre su propio eje, porque ciertas cosas se quedan inmóviles para siempre. No se busca detener el tiempo, sino dejar trazos para que el desaparecido encuentre el camino de regreso, para que reconozca las formas de las calles y el color de la casa. Así, en tiempos tan volátiles, mantenemos el mismo número de teléfono, usamos el mismo perfume y tratamos de no cambiar nada entre sus cosas, de modo que, al volver, el mundo no le resulte ajeno. O quizá dejamos intactas sus cosas porque lo sentimos en cada una de ellas.
Un trazo emerge como una huella en el papel, a veces parece una palabra inconclusa o una silueta que anticipa múltiples posibilidades. Por eso, nombrar la ausencia es una contradicción, porque se habla de algo que no está, y nada está tan presente como aquello que puede ser nombrado. A través de las palabras el desaparecido regresa y su voz suena en todas partes. Su ausencia traza un poema sobre una hoja en blanco y nos basta con acercar el papel al fuego para que las letras se conviertan en una luz que contiene todos los colores.
Pero los desaparecidos no se fueron un día. Se los llevaron. Los arrancaron de sus camas y de los labios de la persona amada. Él o ella vuelve cada día: como una misma pregunta y como un mismo dolor. Por eso preferimos mantener los ojos cerrados o arrancárnoslos en cada sueño, porque las preguntas a veces llegan con las respuestas que tanto hemos evitado. En Colombia 83.000 personas han sido víctimas de desaparición forzada y nadie habla de ellas, como si nunca hubieran existido, como si el mundo no hubiera quedado incompleto con su ausencia.
Juan Gelman, el poeta argentino, escribió cartas y poemas a sus desaparecidos. Primero lo hizo a su hijo y luego a su nieto. Trazó en sus versos dolores que no tienen espacio físico en el cuerpo: “Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él”, escribió el poeta. Después volvió a morir una vez más esa noche, como lo venía haciendo desde que su hijo dejó vacía la casa y el jardín que juntos cultivaban se convirtió en maleza. Se los llevaron, a él y a su esposa embarazada, para sembrarlos en un arroyuelo sin nombre en los canales del Río de la Plata.
Los desaparecidos son ausencias singulares que duelen pluralmente. No hay un pronombre exacto para nombrar al desaparecido, sino que duele polifónicamente. El «yo» es un «nosotros» que está en todas partes y a veces parece estar en ninguna. No hay un sujeto tácito cuando se habla de la desaparición forzada, porque ese era el propósito de los perpetradores: borrarlo incluso de las palabras. Basta con que una sola persona sea desaparecida para que todos los hombres y todas las mujeres sientan su ausencia. ¿Cómo seguimos con nuestros asuntos? ¿Cómo dormimos mientras sabemos que en algún lugar otra persona se queda despierta esperando una noticia que nunca llega?
Encontrar las respuestas es doloroso y a veces solo se encuentran en el tránsito que hacemos por el camino, ese que vamos dejando durante la búsqueda de los desaparecidos y que se forma con los trazos que dejamos en cada puerta que tocamos, en cada llamada que hacemos, en cada nueva esperanza que perseguimos.