I
Cuando era niño, a finales de la década del 80, pensaba que mi papá trabajaba en el campo. Venía a casa cada quince días y bajaba de una camioneta con bultos de naranjas, yuca, plátano y cartones de huevo. Era imposible que nos comiéramos todo eso, entonces por la casa pasaban vecinos y familiares para llevarse algunas frutas o tubérculos. Años después comprendí que el trabajo de mi papá consistía en electrificar algunos municipios y veredas del Catatumbo. Siempre hablaba de Tibú y de Ocaña, también mencionaba otros lugares que sólo podía recordar cuando miraba un mapa del departamento: El Tarra, Hacarí, Convención, La Playa.
La idea de llevar la luz a la región del Catatumbo era fascinante, pues Catatumbo significaba en lengua barí “la casa del trueno”. Pero, ¿qué implicaba diseñar una red eléctrica en una región tan olvidada? Cuenta mi papá que cuando electrificaron El Tarra, después de la fiesta que se armó en el pueblo, un vecino le lanzó un “piedrón” al transformador y dejó al pueblo sin energía durante una semana. Estaba indignado porque a su casa no le llevaron la energía. Y que, cuando pudieron reconectar el servicio, el comandante de uno de los grupos armados que operaban en la región lo fue a buscar para decirle que debía electrificar un barrio que ellos acababan de fundar.
II
La certeza del conflicto armado y su relación con el Catatumbo la comprendí durante mi adolescencia, entre 1999 y 2003. Mientras formábamos en el patio del colegio solía escuchar el ruido de los helicópteros que salían con destino desconocido; primero los escuchaba y luego los veía pasar, como si se tratara de un día patrio. Los camiones no traían frutas y tubérculos como en los días de mi infancia, sino que venían cargados con familias desplazadas.
En 2003, desde la distancia, volví a sentir el ruido de los helicópteros que sobrevolaban el cielo de mi formación escolar. A Edwin López y Gerson Gallardo los habían secuestrado, el primero era estudiante de Filosofía de la Universidad de Pamplona y el segundo estudiaba Biología en la Universidad Francisco de Paula Santander. Los paramilitares llegaron del Urabá al Catatumbo y del Catatumbo a Cúcuta. Los cuerpos de los estudiantes secuestrados fueron encontrados, meses después, al filo de un camino entre Tibú y La Gabarra.
III
Ana Natalia, una mujer de cabello corto y crespo, que contesta de manera corta las preguntas. Sin embargo, cuando habla de William, su esposo, su voz se vuelve dulce. William trabajaba como vigilante en Ecopetrol, era miembro de la USO y una persona muy querida en Tibú. Su pasión era el fútbol, estudiaba para ser árbitro certificado y tenía un programa de radio en el que sólo hablaban de deporte, se llamaba Blanco y negro.
William fue desaparecido por grupos paramilitares el 4 de abril de 2000. Esa noche iba a ver el segundo tiempo del partido de la Copa Libertadores con Ana Natalia, jugaba su equipo preferido: América de Cali. Terminó el partido y William no llegó. Lo esperó durante horas en la terraza de la casa y se durmió esperándolo. Pasaron años hasta que pudo enfrentar a los comandantes desmovilizados durante las audiencias de Justicia y Paz, sólo hasta entonces pudo desenterrarlo con sus propias manos del lugar en donde lo habían enterrado.
***
Por estos días el Catatumbo volvió a sonar en las noticias, lo hizo con el eco de tambores que tiene cada sílaba de la palabra Catatumbo, la noticia estremeció: “Nueve personas asesinadas en El Tarra”. Una soledad sin nombre persiste en esta región, en donde los relámpagos caen con un estruendo seco de metales, pero en donde la luz parece no llegar nunca, ni siquiera la de los rayos en la noche.