Una buena práctica pedagógica, bien documentada y sistematizada, hace más por la educación para la paz que los decretos a los que tanto les apuesta el Gobierno.
En este sentido, el Ministerio de Educación, en diálogo con la Oficina del Alto Comisionado de Paz, debería construir un banco de iniciativas a las que se puedan acercar los profesores e instituciones educativas para tomar experiencias que puedan, adecuar y replicar en sus entornos escolares.
Las historias de la revista literaria Katharsis en Putumayo, la creación de un material didáctico para hablar de memoria en el aula de clase y el viaje de los estudiantes de un colegio de Sopó a los Montes de María, son un aporte para la construcción de ese banco de iniciativas.
En medio de la guerra, la biblioteca pública Luis Carlos Galán de La Hormiga (Putumayo) fue el único lugar donde los habitantes del Valle del Guamuez pudieron hablar de aquello que estaba prohibido. En esta región, como en muchas del país, la guerrilla y los paramilitares querían controlar un territorio que consideraban estratégico. Se trata, en efecto, de una zona cocalera que también es un enclave entre Caquetá y el Pacífico. En medio de esta situación, la población civil no solo padeció el rigor de la violencia, sino que se le prohibió expresar su dolor.
Así, mientras la violencia alcanzaba su punto más alto en el año 2004, en la biblioteca de La Hormiga, en medio de talleres de lectura y de escritura, surgió la idea de crear la revista literaria Katharsis. Era peligroso, no se podía hablar; los paramilitares tenían un estricto control social sobre la población y sus actividades cotidianas. Sin embargo, en el primer número de la revista, Ítalo tendría el valor de decir: “Los muertos jamás trancarán nuestras puertas porque la vida siempre puede y los fusiles no son blindados”. La revista es una muestra de resistencia, pero también lo es de dignidad; aquellos que la crearon tuvieron el valor de “dar testimonio en momentos difíciles” como afirmó Rodolfo Walsh al final de la carta que le costaría la vida.
En Putumayo la revista se usa en las clases de español y de ciencias sociales. Los profesores la consideran un material invaluable para contar la historia de un pasado que no termina de ocurrir. Leen aquellos textos literarios con sus estudiantes como fuentes históricas que se mueven entre el horror y la esperanza. Para Jorge Andrés Cancimance, quien hace parte del Grupo de Amigos de la Biblioteca Pública, la revista “fue y es la oportunidad de trabajar los dolores de la guerra. Sin este proceso es imposible que la comunidad del Valle del Guamuez pueda tener una perspectiva real de futuro”.
Entre las distintas áreas que existen en el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), hay una que tiene como misión específica preguntarse por cómo es posible hablar de memoria histórica en el aula de clase. Esta área, liderada por María Emma Wills, ha diseñado una Caja de herramientas que, como su nombre lo indica, contiene una serie de insumos para estudiantes, maestros e instituciones educativas.
Según María Andrea Rocha, del área de pedagogía del CNMH, “La Caja de herramientas invita a maestros, maestras y estudiantes a sumergirse en un proceso de investigación que parte de las experiencias personales, para lograr un proceso que resulte significativo y que muestre los vínculos que tenemos con historia del conflicto armado. Se trata de un viaje por la memoria histórica que apela tanto a la emoción como a la razón para desaprender los engranajes que han hecho perdurar la guerra en el país y aprender a cultivar la empatía, el reconocimiento a la diferencia y el debate como cimientos de la paz”.
Entre los aspectos más interesantes que tuvo el diseño de estos materiales, es que el CNMH lo construyó con los profesores y en diálogo constante con instituciones educativas de las regiones del país.
Uno de los colegios que ha acompañado este proceso es el Colegio Campoalegre de Sopó, el cual ha servido como espacio para poner en práctica los borradores de la Caja de herramientas, pues su construcción s coincidió con un proceso que, desde junio del 2014, la profesora Ana María Durán venía liderando con sus alumnos de décimo grado. Se habían propuesto aprender del conflicto armado a partir del caso de los Montes de María: leyeron el informe sobre El Salado del CNMH, se documentaron sobre la región, sobre el problema de la tierra en Colombia y el narcotráfico. Pero quizá lo que más los entusiasmaba es que harían una salida del campo a El Salado, con el propósito de, en palabras de la profesora Durán, “involucrar a nuestros estudiantes en una reflexión crítica sobre la situación del país en que vivimos, ayudarlos a entender que el conflicto también es suyo, despertar en ellos el deseo de estudiarlo, comprenderlo y, por qué no, contribuir a la reconciliación”.
Para Mateo Hernández, estudiante del Campoalegre, la experiencia “significó mucho más que un viaje. Me ayudó a comprender que El Salado es más que un lugar donde ocurrió una masacre. Ahora me cuestiono y pienso el posconflicto desde lo que está sucediendo en el pueblo”. Los estudiantes estuvieron durante cinco días en la región de los Montes de María. Allí convivieron con la comunidad y los acompañaron en sus prácticas cotidianas. Esto les permitió tener un conocimiento que desbordó lo académico y que logró aquello que la profesora se había trazado como propósito del viaje. Basta con leer un texto que escribió una de sus alumnas, Juana Durán, sobre el retorno de los saladeros al pueblo, para comprender el alcance de su experiencia: “Por eso, tomar la decisión de rehacer la vida en el lugar en donde fue deshecha es tomar la decisión de continuar la construcción de una identidad colectiva con historia y memoria […]. El Salado carga una cicatriz indeleble, pero también unas manos que trabajan el campo y tocan instrumentos, pies que bailan los cantos de bocas que, a su vez, cuentan interminables historias. Historias, un plural que abre ojos, desvanece prejuicios y nos enseña que, aunque en El Salado hubo muerte, hoy, de diferentes maneras, decide vivir”.
Estas experiencias hablan de distintas realidades y territorios e involucran a instituciones públicas y privadas. No me alcanza el espacio de esta columna para evaluar el impacto que estos encuentros han tenido en la población involucrada. Baste con decir que nos permite creer que otro país es posible, uno que ya se está construyendo y que, en ese proceso, la escuela no debe estudiar cómo se dio el cambio sino que debe propiciarlo.