Hay ciertos hechos en la historia de una sociedad que nunca terminan de ocurrir: siguen en el aire, como esas canciones que tarareamos sin darnos cuenta.
En Colombia el 9 de abril de 1948 es uno de esos hechos. Dentro de un mes se recordará en los noticieros y en la prensa, en los colegios se hablará del asesinato de Gaitán y del Bogotazo. Algunos profesores se referirán al crimen del caudillo como la chispa que incendió al país, otros hablarán de las contradicciones del líder liberal. Volverán a transmitirse documentales y películas. Se tejerán relaciones de causalidad entre el conflicto armado y la llamada época de La Violencia.
Sin embargo, aunque podríamos decir que sobre el 9 de abril se ha escrito suficiente, sigue siendo una paradoja que aún no comprendamos las implicaciones que tuvo y tiene esa fecha para el país. Nos quedamos en el asesinato del líder social, el incendio en Bogotá y la contabilidad de los muertos de esa jornada. Ese día todas las miradas se centrarán en la Capital, sin importar que en cada territorio se escuchó el grito de «¡Mataron a Gaitán!, ¡Mataron a Gaitán!» Como si el asesinato estuviera ocurriendo en todas las plazas del país.
Así, cada año se produce un nuevo documental, una nueva película o un nuevo libro que revisita la figura de Gaitán, del Bogotazo o La Violencia. García Márquez construyó su propia versión sobre el asesinato de Gaitán en sus memorias; Miguel Torres trazó una trilogía sobre el 9 de abril; Albalucía Ángel comienza su novela, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, con la llegada a Palacio del presidente y su esposa en medio de los disturbios. Lo mismo hicieron autores como Álvaro Saloom Becerra, Osorio Lizarazo, Arturo Alape, Juan Gabriel Vásquez, entre muchos otros.
Esta obsesión por volver cada año sobre un mismo momento de la historia evidencia la necesidad de buscar sentido a un vacío que resuena en nuestra memoria, sin que logremos comprender su significado. En este mismo sentido, el historiador Jorge Orlando Melo llamó a este fenómeno ‘el síndrome del 9 de abril’: “la muerte de los caudillos populares, de los políticos con amplio respaldo, de las figuras radicales o moralistas que se han enfrentado al consenso dirigente, como Jaime Pardo, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro o Luis Carlos Galán, y el temor a que este patrón se siga repitiendo, hace de la imagen de la muerte del caudillo una figura simbólica de gran fuerza emocional y retórica, que se evoca con frecuencia para subrayar una continuidad casi natural en las frustraciones históricas de los colombianos que se iniciaron en ese día trágico de 1948”.
Adicionalmente, desde el 2012, a partir de la entrada en vigencia de la Ley de víctimas y restitución de tierras, el 9 de abril se ha convertido en el día en que se conmemora la memoria y la solidaridad con las víctimas del conflicto armado. Esta fecha no busca disputar el espacio entre las muertes de La Violencia y las del conflicto, sino comprender las relaciones y frustraciones que transitan entre estos dos momentos de la historia que tienen como referente el 9 de abril.
Dentro de un mes estaremos hablando de esos 9 de abril. Sin embargo, no será como muchos otros, pues será el primero que se conmemorará sin las Farc como organización armada. Las Farc podrían comprender el significado que tiene esta fecha para las víctimas y realizar una acción de reparación simbólica. Pero también es la oportunidad para que la sociedad y los medios comprendan que los asesinatos de los 26 líderes sociales ocurridos este año siguen reproduciendo, en el presente, el 9 de abril de 1948.