Para acercar posiciones y permitir que el país viva sin ascos, derecha e izquierda tendrían que hundir sus mea culpas hasta el fondo de los fondos. Si no se rastrean las bajezas y los crímenes en la fuente última, cada día el último escándalo ultrajará a Colombia.
El problema de hoy no consiste en que el presidente eterno siga gritando órdenes por teléfono. Al fin y al cabo, ese es el oficio de un primer mandatario. Y si su período es igual al de los dioses, cargará con la condena del poder por los siglos de los siglos.
Tampoco el infortunio de la nación estriba en que unos excomandantes de las Farc anden libres sin haber pagado con sus barbas y barrigas en la cárcel de aquí o en las del Tío Sam. Ya no tienen armas y todo el mundo sabe lo que vale un guerrero sin su fierro y su altanería: cero a la izquierda.
Así las cosas, a las oligarquías de 200 años hay que exigirles el examen de su delito mayor: haberse hecho dueños perpetuos de lo que se divise a la redonda desde el árbol más alto. Calificar a los habitantes como peones o como estorbos. Levantar una república bajo el zas zas del mismo látigo del ganado.
Como además de los brazos era preciso amarrar las almas soliviantadas de la turba, esos propietarios consiguieron una aliada celestial: una religión que prometía el cielo para cuando ya no había vida y el infierno para atormentar la vida verdadera con el miedo de otra vida chamuscada más allá.
Necesitaron silogismos más contundentes. Ejércitos de pobres con bayonetas para destripar a los pobres. Cada década del XIX trepidó al menos durante un año en guerras civiles que impedían olvidar quién manda. A mediados del XX esta didáctica de las derechas germinó en las violencias que hoy nos atarzanan.
Así arrancaron las guerrillas que durante 70 años han sido lo otro de lo otro. El desespero fue su gasolina; el monte, su escondedero. Aquellos campesinos de escopeta y sobresalto pronto se aprovisionaron de una doctrina. No sabían leer pero articularon palabras llamativas: plusvalía, imperialismo, lucha de clases, liberación o muerte, dictadura del proletariado.
Picaban aquí, zumbaban allá, eran guerra en diminutivo, guerrita, guerrilla. Auguraban un hombre nuevo, enarbolaban la utopía. Atrajeron como miel a dos o tres generaciones de muchachos inclinados a los sueños. Agacharon la cabeza ante los extensos países donde el nuevo paraíso ya regía.
Militarizaron la vida cotidiana, se fusilaron entre ellos, cometieron secuestros, extendieron la mano hacia el dinero traficado. Consideraron la democracia, las libertades y el empuje individual como símbolos del sistema que querían socavar. Cuando hace 30 años colapsaron los regímenes asiáticos, el mundo comprobó que la ponzoña residía en la doctrina originaria. Los combatientes criollos, que además monopolizaron la izquierda, siguieron combatiendo como si ese desplome fuera de mentira.
Esta es la hondura de donde ha de manar el escrutinio de los dos inflamados rivales de nuestra calamidad.