El furor asesino del Estado Islámico sí tiene antecedentes en Occidente. No solo por los centenares de muertos y millares de heridos que va regando por Asia y Europa. Sobre todo por el trasfondo religioso que mueve a sus verdugos suicidas.
El profeta Mahoma fundó y propagó bélicamente el Islam en las dos primeras décadas de los años seiscientos de nuestra era. Esto significa que el cristianismo tenía entonces seis siglos de haber sido establecido.
Así pues, las dos religiones de este lado del mundo más numerosas en adeptos se llevan una distancia de seiscientos años. Este amplio lapso parece explicar los horrores del mundo actual.
Así lo ve en un aforismo el ensayista, cuentista y poeta Mauricio Botero Montoya: ¨A la misma edad del actual fundamentalismo islámico, el cristianismo ejercía la inquisición y las cruzadas¨.
La historia oficial no reverencia estas matemáticas. En efecto, las nueve cruzadas tuvieron lugar durante los doscientos años que van del 1100 al 1300, redondeando las cifras. Pretendían liberar a espada los lugares santos que estaban en manos de musulmanes.
La inquisición comenzó poco antes del 1200 en el sur de Francia, se extendió a España y América, y terminó a comienzos del 1800. No obstante tuvo antecedentes en el siglo IV cuando el cristianismo fue declarado religión estatal y los herejes, enemigos del Estado.
Ambas campañas institucionalizaron y santificaron la tortura, pena de muerte, quema de brujas, invasión de territorios. Todo con motivaciones reveladas desde el cielo. Todo con intereses económicos terrestres. Todo ejecutado por un poder que quería más poder.
Así se forjó Occidente. De aquellos huesos calcinados vienen nuestros huesos. Por los circuitos sanguíneos contemporáneos nadan los tormentos de relapsos y soldados. Por la gracia de dios, las neuronas de hoy participan de la perplejidad de Galileo y Juana de Arco.
Y ahí están hoy esos yihadistas, cruzados al revés, ataviados de nitroglicerina para acabar con los infieles y subir al paraíso en átomos volando. Sus discursos sin palabras suenan a algo conocido. Son la historia repitiéndose como tribulación sin memoria clara.
Es cierto que los recientes pontífices católicos reconocieron como bárbaras aquellas expediciones de conquista, aquellas chamusquinas con capuchas. Pero también es cierto que la narración de esos siglos sin pantallas pasó al nuestro apenas como pintura, como caprichos de Goya.
Hace falta rememorar como presente ese pretérito beato para calificar con ecuanimidad la locura de los militantes islámicos. Idénticas justificaciones para exterminar tuvieron nuestros antepasados. Esas justificaciones fueron bendecidas por jerarcas de idénticas barbas, mitras, cetros.
Aquí aparece el peso de la memoria histórica, relato pormenorizado y motivado de lo que pasó para que no vuelva a pasar. De modo que cada vez que ocurra una masacre del terrorismo islámico, habría que acompañar su anécdota con la versión de algún suplicio infligido por el terrorismo cristiano cuando este credo era adolescente.
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