En inicua sucesión de acción y reacción, Colombia padeció en los últimos dos siglos una gradación de guerras y guerrillas que hoy por fortuna son obsoletas.
Las derechas políticas batallaron armando a militares y paramilitares; las izquierdas, enardeciendo a guerrilleros y milicianos.
Las infinitas contiendas civiles y los incontables ataques insurgentes martirizaron a un país que no termina de inventarse ni de repartirse como botín. De lado y lado se utilizaron con aviesa eficacia dogmas y teorías que santificaban o daban lustre a la matanza de enemigos.
Al cabo de miríadas de muertos, con sus deudos, huérfanos y venganzas hereditarias, los colombianos concluyeron que las armas no dan ni libertad ni pan ni justicia. Que hacer política, de la grande, no equivale a exterminarse. Que existen el diálogo, la diplomacia, las buenas maneras, el pensamiento múltiple, la controversia.
Este país está estragado. No resiste un tiro más. Los aullidos del líder medieval, de caballo y fuste, se fueron transformando en sainete, hasta el punto de que los votantes lo abandonaron sin mayor esfuerzo. Se quedó íngrimo, con su guerra de abuelos.
Igual sucedió con los altisonantes comandantes selváticos. Luego de cinco lustros de extenuada la Guerra Fría en el mundo, por fin depusieron sus fanatismos de libro y asentaron sus estómagos abombados en mesas de negociación tropicales.
Hoy el país está vacunado contra promesas. Nadie las cumple. Ni los dueños que siempre quieren ser dueños de más cosas, ni los reclamantes que a nombre del pueblo se enriquecen, envanecen y atornillan en sus sillas de prédica farragosa.
Esta última enseñanza nos vino hace poco de los regímenes bolivarianos de Sur y Centroamérica. Estos parajes vecinos sufrieron desde mediados del XX una modalidad de hierro que no tuvo Colombia: las dictaduras militares. El quepis y las gafas negras de Pinochet son ícono que no necesita explicarse.
A continuación de la debacle causada por los sables, varios de estos pueblos ensayaron una esperanza y eligieron gobiernos de ideas alternativas. Fueron las ilusorias revoluciones populistas que una a una se están hundiendo por sí solas.
Colombia ha mirado como ajenas estas experiencias. La dictadura militar de Rojas fue de juguete, comparada con Videla. Las tres últimas alcaldías bogotanas, marcadas de izquierda, dejaron a la capital enervada. Por salvar a la humanidad, no salvaron a los humanos.
Así las cosas, hoy el país y el continente viven un interregno. Es entonces cuando Colombia puede dar una sorpresa. Es este el país de las mil lacras que no obstante no lo han destruido. Sabe de batallas, corrupción, narcotráfico, bandas armadas, subversión marxista, polarización, sevicia.
Está curado de fiebres, fundamentalismos, engaños, descuartizamientos y machetes. Ha rechazado con clarividencia de mago tanto a los poderosos de siempre como a los oportunistas que predican pero no se lo aplican.
No es de derecha ni de izquierda. En secreto prepara su desquite.
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