Los 15 filósofos del libro “Sopa de Wuhan”, aparecido a finales de marzo, son casi unánimes en alertar sobre los totalitarismos políticos que dejaría de herencia el coronavirus. Como presagio, detallan el control por celulares, algoritmos, cámaras y data que los asiáticos usan para derrotar la peste y fichar a la gente.
Su editor Pablo Amadeo, profesor de comunicación en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, tuvo la astucia de reunir en 188 páginas lo más destellante del pensamiento contemporáneo en el primer mes del alboroto viral: Agamben, Zizek, Nancy, Butler, Badiou, Han, entre otros. Ofreció virtualmente el tomo gratuito en PDF, con un título y carátula de murciélagos que espeluznaron a muchos.
Los estudiosos se esmeran para que sus abstracciones se liguen con la política. En esta esquina del ring tiemblan las gentes del común; en la opuesta, preparan sus golpes las autoridades.
De ahí que los pronósticos sean sombríos. En China, Singapur, Corea del Sur, sistemas comunistas y democracias por parejo, pillan a los posibles contagiados mediante el monitoreo biométrico centralizado que lo sabe todo de todos: presión arterial, temperatura, frecuencia cardiaca, sentimientos de risa, llanto, enojo.
Los dirigentes de esos regímenes políticos se estarán lamiendo los labios de euforia y gratitud hacia la tecnología. Soñarán con el dominio de las mentes, se verán dictando pautas individualizadas sobre productos que comprar, consignas que seguir, candidatos que votar, proyectos de ley que aplaudir. Gobiernos con marcación uno a uno. El fútbol hecho política.
Hasta aquí los filósofos europeos, asiáticos, norteamericanos, arracimados por un argentino. Aquí es donde Colombia podría salir adelante demostrando que aquella vigilancia totalitaria de la inteligencia artificial, es entre nosotros cuento viejo, más sofisticado, más infalible, arrasador. Y propiciada por mecanismos más finos que los algoritmos temblorosos de las pantallas.
En efecto, las medidas de aseo, desinfección y enclaustramiento expedidas por las autoridades cayeron aquí como semillas en terreno abonado, fertilizado y bien regado desde antiguo. Prendieron pronto, florecieron, frutecieron, lanzaron ramas y pepitas que hicieron de las ciudades un jardín sofocante.
En edificios o conjuntos residenciales de clase media se crean grupos de Wasap. Una circular conmina a cada residente a lavar y desinfectar pisos, escaleras, puertas, pasamanos, shut, ascensor por dentro y por fuera, botones, cerraduras, timbres, una vez por la mañana, otra por la tarde.
Se aclara que la medida es obligatoria sin excepciones, quien incumpla se las verá con sanción del Código Penal. En comunicados sucesivos aparecen los números de apartamentos que cumplieron y los que faltan. Los residentes obedecen sin chistar, agachan la cabeza. Desde la administración de los inmuebles se inicia un gobierno paralelo, intrusivo, implantado en las neuronas a punta de miedo desde el tiempo del ruido.