El desquite contra el tiempo es la síntesis. Los días entregan dosis acompasadas de duda y resolana cuya acumulación se apelmaza en sedimento.
En ocasiones el tropel de impresiones no da tregua y la gente se siente desbordada, es incapaz de sacar algo en claro. El cruce de excitaciones impide saludar el día siguiente con la página de apuntes en blanco.
Si este desbarajuste persiste, una semana, un mes, años, la vida se pone pesada y aguda como costal de anzuelos. Entonces el tiempo triunfa sobre la quebradiza potencia de los hombres. Llega el miedo, se hace imperioso brillar altares a los dioses.
Otras veces las personas mantienen templados músculos y nervios, de modo que los atropellos del presente sean filtrados por el canto, la interpretación y la confianza. Así surge la síntesis, en calidad de conjunto abigarrado que se deja descifrar.
Cuando sucede este milagro los dioses se alejan a vacaciones, los siquiatras cambian de oficio, los ladrones pasan sin ver.
En el estruendo corriente es espinoso alcanzar este cielo terrestre. Son excesivas las dimensiones a cubrir para que las dádivas complejas del día permitan un procesamiento de acuerdo con el orden natural y sideral de las cosas.
Así como se afirma que la felicidad no es un estado estable sino la sucesión permanente de pequeñas felicidades, de idéntico modo no existe un único sedimento sólido de la existencia sino un carrusel un poco loco de aciertos.
Cada cual, es verdad, cuenta en su conciencia con una regla que indica si el tiempo le va ganando o si su propio albedrío es victorioso sobre la incertidumbre. Es una suerte de opinómetro íntimo.
En este vaivén entre confusión y respiro se configura el espantajo que nadie quiere mirar a los ojos: la edad. Por minúscula o demasiada, hombres y mujeres tiemblan ante ella.
De niños y adolescentes les hacen falta años para asumir libertades y placeres. De grandes, cada calendario suma congojas. Es como si las fechas por sí solas determinaran la sustancia del contento o del hastío.
Desde esta perspectiva la humanidad está perdida, mírese desde donde se mire. La sucesión inmarcesible no tiene derrota, piel y huesos no aguantan el resuello de una temporada sobre la Tierra. La historia avanza en parpadeos de siglo que hacen de cada ser un santiamén.
Así, es quimérico luchar contra el tiempo. Más inteligente es desentrañar sus frutos, separar espinas de pulpa, nutrir el ánimo con finas esencias deshidratadas.
Sin perder de vista -¡atención!- la filosófica espera de la muerte. Ella ni se cansa ni se afana. Saluda desde un poco más allá. Instiga con su enigma. Clava un desafío del que nadie ha regresado para contar.
Tal vez han sido pocos en la historia los que han aceptado sus brazos de calcio sin el miedo de lo absolutamente otro. ¿Qué tal que esta escasez tenga que ver con la manera de asumir las perplejidades del tiempo en la etapa en que es posible realizar la síntesis de poesía, saber y soles?
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