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De lobos y de hombres

19 de mayo de 2016 - 07:53 p. m.

En belleza, flexibilidad, capacidad de adaptación, violencia para defenderse y cazar, no existen dos especies más parecidas que hombres y lobos.

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Ambas viven en manadas que son familias, ambas alimentan y protegen a sus hembras, hijos y parientes hasta que estos alcanzan la madurez, conducta inusual en otros grupos. Los indios norteamericanos consideraban a los lobos almas gemelas.

Del comportamiento de sus manadas surgió en la leyenda humana el concepto de ‘macho alfa’, autoritario, jefe de familia, agresivo y proveedor con todos los derechos. De esta leyenda derivó el endiosamiento del machismo.

Pues bien, esta imagen enquistada en el inconsciente masculino desde los años del ruido es rectificada por el doctor en ecología neoyorkino Carl Safira, quien a partir de finales de siglo ha publicado varios libros galardonados sobre vida oceánica y sobre lo que piensan y sienten los animales en ambientes libres.

En su reciente artículo “Así es el verdadero macho alfa”, traducido por El País de Madrid el sábado pasado, es tajante: “los machos que mandan no lo hacen de forma forzada, ni dominante, ni agresiva para con los que le rodean. Los lobos auténticos no son así”.

Un lobo macho no es así porque no lo necesita. Su principal característica, en palabras de un guardabosque y estudioso consultado por Safira, “es una discreta confianza y seguridad en sí mismo. Sabe lo que tiene que hacer; sabe lo que más conviene a su manada. Da ejemplo. Se siente a gusto. Ejerce un efecto tranquilizador”.

Y razona, pensando en la similitud con los humanos: “la fuerza nos impresiona, pero lo que deja un recuerdo indeleble es la bondad”.

La agresividad no es la única característica que desaparece en este reino de los machos. Tampoco las jerarquías de mando son atributo masculino. En una manada hay dos autoridades, una de machos, otra de hembras. Y son las hembras las que toman la mayoría de las decisiones: tiempos de caza y descanso, rutas a seguir, tónica de la manada.

En 1994, poco antes de que Carl Safira comenzara a publicar sus estudios, otro norteamericano había arañado el mundo de los lobos desde la perspectiva de los hombre rudos del límite entre Estados Unidos y México: Cormac McCarthy, en su novela The crossing, En la frontera.

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Los lobos corren libres en las montañas de “un mundo elevado, tan perfecto para ellos como si en el momento de diseñarlo se les hubiera pedido consejo”. Pero hay rumores de que atacaron una res, y los vaqueros arman trampas para cazarlos.

Un jinete adolescente encuentra una loba preñada cuya pata fue destrozada por estos hierros. La libera, la cuida, atraviesa con ella la frontera. “La loba lo miró delicadamente de soslayo –continúa el narrador—, expresando así un conocimiento suficiente del mundo, aun cuando no de la maldad que le esperaba”.

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El muchacho la toca, siente estremecer su piel como la de un caballo, le habla de su vida, le canta. Es la inocencia campesina que no conseguirá conjurar la maldad anunciada. Esta no vendrá del mundo de los lobos sino de la ferocidad de los hombres.

arturoguerreror@gmail.com

 

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