Robar y esconder la mano. Robar cuando no nos ven. Robar con tal de que no nos pillen. Estas son las falsedades de los corruptos. Creer que el robo solamente es robo si el policía está ahí.
Robar los bienes de todos, robar al gobierno, suele ser la mejor y más jugosa forma de robar. No solo porque el botín es infinitamente mayor al custodiado en la bóveda de cualquier banco, sino porque el Estado no tiene dolientes ni, por tanto, policías juiciosos.
Los ladrones finos, los que se alzan con la plata pública, obran sin conciencia pues no le ven la cara a la víctima. No necesitan cuchillo ni pistola. No son acusados por la escandalosa sangre ni por gritos. De ahí que en las mañanas vistan de blanco los cuellos de sus camisas albas.
Su remordimiento consiste en esquivar testigos. Duermen semitranquilos, pues sus cerebros trabajan en la almohada maquinando sobornos para enmudecer a eventuales investigadores.
Por lo general el goce de los miles de millones les dura media vida. Se llenan de fasto, acumulan escrituras de apartamentos tipo loft, haciendas con o sin ganado, inversiones que se atienen a la etimología de este sustantivo: invierten el propósito plural de la riqueza, lo falsean al privatizarlo al extremo.
Una mañana, alguien ‘canta’. El casposo funcionario que se sintió mal aceitado, un codicioso mayor, el que aguardó para sacarse la espina. Entonces se cae el mundo. Aparecen las informaciones con fotos del desencajado ladrón, flanqueado de policías blindados.
«Soy inocente»: he aquí el sonsonete que hace reír y rabiar a los pagadores de impuestos. Millones de caras furiosas aunque anónimas azuzan el desasosiego del magnate mal habido. Un ronco recuerdo le llega. Alguna vez leyó un aparte de un libro portugués titulado con la sensación que lo atosiga.
«Tener pudor de sí mismo —recomendaba el Libro del desasosiego, de Pessoa—, advertir que, en presencia de nosotros mismos, no estamos solos, que somos nuestros testigos, y que por eso importa actuar ante nosotros mismos como ante un extraño».
Tal vez la clave está encerrada en el vocablo ‘pudor’. La gente acostumbra usarlo pensando en la vergüenza delante de otros. La dama se recata en presencia de alguien.
Pessoa, como poeta que ve, toma el pudor y lo descoloca. No se trata de una consideración frente al público. Es, ante todo, una delicadeza íntima de la cual el verdadero testigo es uno mismo. Y uno mismo se desdobla hasta transformarse en un extraño. En una suerte de policía que vigila desde adentro de la conciencia.
El ladrón exquisito, conducido entre vigilantes acerados, nunca hizo suya esta postura. No tuvo el corazón ni el hígado adecuados para conducirse en presencia de sí mismo. Es un hombre de una dimensión, un pobre individuo que lo único que tiene es mucha plata. Plata de otros, además.
Esta es su tragedia. Experimentarse como un gnomo. Más vil que los que toman lo ajeno porque tienen hambre o porque nadie les da un trabajo o porque la industria que les habría dado ese trabajo dejó de construirse al fugarse al exterior los fondos defraudados.