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El verbo que hiede

06 de mayo de 2016 - 12:41 a. m.

¿Cómo comienzan las riñas callejeras o domésticas que dejan uno o cinco muertos? ¿Qué chispa incendia el potencial homicida de las barras bravas del fútbol? En el inicio de estos hervideros están las palabras.

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Las palabras no se quedan quietas, crecen o menguan. El tráfico vehicular es muestra de la gradación de los insultos entre conductores, desde el primer grito superlativo hasta la esgrima de la palanca de acero o el batir de la pistola.

Los improperios pelan los dientes de lobo, tiñen de púrpura las caras, ponen a rugir la sangre por los canales venosos. A continuación vienen los empellones, mazazos, perforaciones, desplomes.

La lid empieza con el verbo. Se encrespa con los desafíos. Revienta con las sentencias sumarias: !muérete! De la lengua, baja la repugnancia al puño. El brazo ejecuta la condena signada por las interjecciones.

En la primera década del XXI, la corporación Medios para la Paz, fundada y tutelada por Gloria Moreno de Castro, se propuso adecuar la narrativa del periodismo a la sinrazón de la guerra. Postulaba su ética con la siguiente proposición del poeta William Ospina:

«El lenguaje puede ser un arma. Puede servir para serenar o para intranquilizar, para explicar o para confundir, para acusar o para absolver, para investigar o para distraer».

Trastocando el orden, aquí están las cuatro asignaciones opuestas de la lengua. De un lado distrae, confunde, intranquiliza y acusa. Del opuesto, investiga, explica, serena y absuelve.

En todos los casos es un arma, arma que mata o arma que apacigua. Aluvión que desencadena a los guardianes del infierno. O signo que facilita los abrazos.

En los próximos meses Colombia fundirá los fusiles con que se hizo política en los dos últimos siglos, si no antes. Las negociaciones de La Habana preparan la hora de los hornos metalúrgicos.

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En el país, sin embargo, el verbo hiede. Intelectuales acaban de lamentar en carta pública ¨el intercambio de agravios y descalificaciones¨ en que está sumida la discusión sobre la paz. Asumen que el conflicto armado también es ¨el producto del escalamiento del lenguaje agraviante¨.

En su tiempo estelar, Antanas Mockus dijo preferir los insultos a los disparos. Claro, esta fórmula es matemáticamente impecable. Pero descuida que existe un tránsito resbaladizo que va de los unos a los otros, de los chillidos a los machetes. En especial si se trata de un país cuyo torrente circulatorio mezcla plomo con hemoglobina.

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Es obvio que las palabras no se moderan a fuerza de voluntad ni con predicaciones benevolentes. Ellas manan de pozos hondos que deben ser oxigenados. Son hoyos donde se pudren las inquinas y se alimenta la imagen del enemigo.

Para moderar el lenguaje hay que mirar con otras gafas. Que el contradictor no sea un adversario sino alguien que completa mi parcial visión sobre el orbe. Que entre todos logremos consolidar el rompecabezas verde donde cabremos con nuestras familias, animales, páramos, pasos de baile.

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«Del ser al verbo, no del verbo al ser», como pedía Cortázar.

arturoguerreror@gmail.com
 

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