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Elegía al aire de Rafa

17 de diciembre de 2015 - 10:52 p. m.

Caballos, batallas, cámara fotográfica, narrativa, música, hijos, tropel de amigos y, por supuesto, la mujer amada. Estos son los elementos de la fortuna para un hombre que vivió y murió como un contemporáneo.

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Arte, naturaleza y amor: he aquí la síntesis de lo que este hombre extrajo de su país, Colombia. Sus últimos retratos de barba rala, bigote y cigarrillo ausente eran una perplejidad. No miraban a los espectadores, se dirigían a una incertidumbre.

Traslucían una lucha final. Era con el aire la contienda. Escasamente le entraba a sus pulmones una cuarta parte de la necesidad vital. Pero Rafael Baena trabajaba cada molécula de oxígeno con rigor de picapedrero, como intuyó García Márquez que lo hacen los poetas.

Durante medio siglo fatigó sus pies atravesando el país con las urgencias del periodismo. No obstante, debieron de cansarlo más las ansias de escribir arte, que guardaba entre pecho y espalda. Quizá esta opresión estética le originó el ahogo físico.

Quizá sin la cuenta regresiva de la respiración carente no habría saltado de él el torrente de una escritura literaria que a la postre le traería la gloria. Es posible que, de contar con su salud completa, Rafa hubiera seguido postergando el silencio y la soledad obligatorios para una gran obra.

El hecho es que luego de una vida transeúnte, de la devoción por la fiesta y la tertulia, el periodista llegó a puerto creativo y en ocho años entregó a la posteridad siete libros -el último, inédito- gracias a los cuales se acordará de él la historia

Conservó, eso sí, la cuadrilla de amigos y colegas con los que construyó una solidaridad y un afecto a prueba de guerras civiles. Todos lo admiran, todos lo quieren, todos lo echan de menos. Incluso, claro está, todos los bellos caballos.

Estos cuadrúpedos eran para él personas. Les dio trato de seres humanos. Se les aproximó desde la igualdad. Fueron de sus afectos, igual que las montañas y escondrijos de la geografía colombiana que él abarcó con su cámara, ese órgano de conocimiento siempre colgado al cuello.

Los siguió como soportes de guerra, a lo largo de las carnicerías del XIX, y les dio preeminencia de memoria. Así lo hizo también con sus héroes particulares, que no son los mismos encomiados por la historia oficial.

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A Rafa no se le subieron a la cabeza los humos de la celebridad. Nunca dejó de señalar con sus palabras a los amigos de toda la vida. El tubo de oxígeno al que lo ató la enfermedad le recordaba en todo momento la precariedad de las vanidades.

Aunque no hubiera cargado este apéndice de sus últimos años, tampoco habría abandonado su llaneza. Sencillamente porque en su apartamento de Chapinero tenía siempre a su lado a Ama, su esposa, dadora del amor que fortifica a los hombres contra la falsedad de la fama y el poder.

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En el mediodía de su cremación, antier miércoles, Rafael Baena fue la argamasa que sostenía a sus amigos. Una extraña supremacía emanaba de aquel ser en tránsito, que cumplió su misión con la vida y con un más allá hecho de arte.

arturoguereror@gmail.com

 

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