Los 70 años de Hiroshima son mucho más que una conmemoración oprobiosa. Tratan del día en que se inauguró la palabra hecatombe para los contemporáneos. Recuerdan el inicio de una nube en forma de hongo que va del suelo al cielo de los incinerados. Señalan el día de la muerte de dios.
La retina de los nuevos humanos, de ahí en adelante, nace quemada con aquella figura gaseosa como tormento de un nuevo pecado original. Ser hombre o mujer, después de Hiroshima, equivale a ingresar desde niños en un antiparaíso sofocante. Lo traemos en los genes, sin que este baldón tenga algo que ver con conductas ancestrales o futuras de nosotros mismos. Es el dato básico.
Por eso el lenguaje para filosofar sobre la bomba atómica tiene que ser religioso. Solo los mitos que han hecho temblar milenios logran dar cuenta de este espanto universal. Hablar de la bomba es igual que pensar en el ´big bang´. Cataclismo, diluvio universal, infierno, irrupción de la nada, juicio final: términos ajustados para considerar a Hiroshima.
Paradoja: el día en que murió dios, es preciso hablar en el idioma de dios. Más allá de ciencia, técnica, aviones, cañones, fusión nuclear, el hongo supremo es asunto metafísico, está más allá de la materia. En un instante todo es muerte. En dos segundos el hormigón se vuelve gas. Los vivos quedan infestados de más allá.
Así como el demiurgo creó de la nada, la bomba atómica regresó el mundo a la nada. El aparato explosivo dialoga de tú a tú con la potencia cósmica. Hay un boato semejante entre el paréntesis obstinado de la vida y la corrosión definitiva del aniquilamiento. ¿Quiénes éramos antes? ¿Qué seremos después? Incógnitas, fantasmas silentes.
Los sobrevivientes japoneses relatan hoy escenas lamentables acerca de la ignominia familiar. Sirven, claro está, para esclarecer el recuerdo del planeta frívolo de hoy. Pero los genuinos sobrevivientes somos los habitantes actuales de este enloquecido globo pensante.
Respiramos por las heridas, expandimos las costillas y se nos clava más el dolor de las flotantes fracturadas. Es que somos residentes de infinitas nagasakis, sucesoras de la primitiva Hiroshima desde donde sigue expandiéndose el pavor. Caminamos como átomos, cada uno en su órbita sin cruzar la del vecino y más bien aprovechando sus descuidos para medrar la dieta personal.
Las ciudades japonesas llevan 70 años de ventaja al resto de hábitats humanos. Ingresaron de pioneras al futuro. Se pudrieron y luego se reconstruyeron con huesos de leche que apenas ahora están mudando. Hoy son urbes marcianas, proyectos de lo que anhelamos cuando estallen los órdenes en que seguimos confiando los lejanísimos pobladores del trópico.
Allá saben algo que ignoramos. Vieron el otro lado de la luna y no nos lo han contado. Nuevayores, parises, saopaulos, shangais, erigen torres traslúcidas en intento de rozar el último nivel a donde alcanzó el hongo nuclear. Los japoneses, en cambio, fueron arrebatados hasta allá en un parpadeo. Vieron los restos de dios.
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