La amistad que dura hasta la muerte y los amores que se suceden unos después de otros son la columna vertebral en torno de la cual se sostiene la vida. Claro, sin hablar del cemento inapelable que nos une a los hijos, los cuales son la vida misma.
Comparadas con estas constantes nucleares, otras dimensiones de la existencia vienen a ser solo barniz, inclinaciones vasallas. Así la política, el sudor del dinero, la notoriedad, incluso la pulsión creadora que subyuga a las más fervientes personalidades.
Esta jerarquía de las pasiones humanas puede sonar arbitraria y desencajada. Sobre todo en las sociedades occidentales, cocinadas desde hace más de dos mil años en los fogones de las religiones del deber, la sangre y la penitencia.
Y más todavía en el atropello contemporáneo que necesita renovar cada cuarto de hora el motivo del escándalo. Por eso las minucias e inconsistencias de la política, celebradas en el cuadrilátero de los medios y las redes, ocupan el primer podio en las mentes de los aterrados ciudadanos.
Cuando se trata de los más educados y astutos, las riquezas y el poder se convierten en motor central de los jadeos. De ahí que las prioridades de la gente estén alrevesadas. La amistad y el amor, así, figuran como adornos, como premios menores sin los cuales es permisible vivir. Como consolación.
A los cuarenta de su edad, luego de diez años de soledad e inteligencia en una montaña, el protagonista de Así hablaba Zaratustra, hastiado de sabiduría, resolvió descender para “dar y repartir, hasta que los sabios vuelvan a gozar de su locura y los pobres de su riqueza”.
Esto fue lo que Nietzsche puso en sus labios como dictamen: “¡Y que cada día en que no se haya bailado una vez al menos sea perdido para nosotros! ¡Que nos parezca falsa toda verdad que no traiga consigo al menos una risa!”.
Cinceló más adelante en tablas nuevas sus sueños futuros: “Volaba a donde todos los sucesos me parecían bailes y travesuras divinas, y el mundo suelto y desenfrenado y refugiándose hacia sí mismo; donde todo tiempo me parecía una deliciosa burla de los instantes, donde la necesidad era la libertad misma que jugueteaba gozosa con el aguijón de la libertad”.
Este llamado del pensador alemán de finales del XIX está lejos de conducir al hedonismo alocado. Al contrario, el superhombre pregonado por Nietzsche es un campeón de humanidad que despliega sus potencias privilegiando el goce, la risa, la vitalidad y la libertad.
Y que, fortalecido por estos surtidores de energía, abraza sus amores y amistades para ir por el mundo desarrollando su alma.
Por fortuna los colombianos gozamos de un instinto superlativo para ligarnos a este empuje vigoroso de la existencia. Somos la genuina chispa de la vida. Así lo comprende cualquiera que haya medido y sufrido la frialdad, el individualismo, el peso de las piedras imperiales que agobia al viejo mundo y a su sucedáneo norteamericano.