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Las edades de los muros pintados

03 de diciembre de 2015 - 09:00 p. m.

Huyeron de los muros urbanos los grafitis poéticos.

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Emigraron hacia Twitter. En su reemplazo, gigantescos dibujos coloridos encienden puentes y avenidas. Se fueron las palabras, llegaron las imágenes.

El esplendor del verbo en las calles se dio en los años noventa. Sus autores eran clandestinos pero algunos alcanzaron fama en el voz a voz de las tertulias: Luis Liévano ´Keshava´ y Álvaro Moreno Hoffmann comandaban este tropel en Bogotá.

De su cosecha nocturna bajaban a la tierra fulguraciones como ¨La extradición es un problema de extra adicción¨, ¨Dios es barro: Adán¨, ¨Cazo brujas por lo católico¨, ¨Nacimos para sufrir y lo estamos logrando¨.

Los transeúntes de ciudad amanecían cada día con la esperanza de una venganza pintada en el aire sólido. Los grafiteros rumiaban la rabia pública y prorrumpían en contenidas palabras, seis, siete, no más, con las que daban pie a un correveidile amotinado.

Humor y poesía eran los elementos cardinales. Se combinaban en clamores instantáneos hasta impregnar la rutina feroz de los ciudadanos con comprimidos de levedad en que se reflejaba el drama redimible de la vida.

Un día, una noche, los autores y perpetradores de grafitis se cansaron de las felicitaciones de la policía, de la competencia con los hoscos harapos del Bronx, del torrencial embate de internet.

Entonces fueron llegando a reemplazarlos los artistas plásticos de barriada. Emparentados con el movimiento hip hop, los muchachos de cachucha y pantalón ancho, son hijos de la estampa, firman con alfabeto que solo ellos comprenden, trazan las paredes con retratos alterados en primerísimo plano.

Sus predecesores, los grafiteros del verbo, habían puesto en ridículo las consignas apolilladas de la izquierda política que nada decían y a nadie conmovían. A su nuevo turno, los dibujantes muralistas desplazaron a los poetas repentistas e implantaron la significación de las grandes moles con colores.

El suyo es un lenguaje gráfico, mudo de palabras, desplegado con derroche de virtuosismo y andamiaje. Homenajea las caras de la gente diaria, crea monstruos, escupe sobre el crimen oficial.

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Codo a codo con estos artistas de intemperie, pululan los rayadores de rincones. Son legiones que se amparan bajo la sacralidad del arte mural pero que simplemente signan ruidos. No perdonan puertas, piedra, templos, padecen la compulsión del atiborramiento.

Los exterminadores de la armonía pública anexan polución visual al fardo de poluciones sufridas por los exasperados habitantes. No merecen la dignidad de herederos de los poetas del grafiti ni de los esmerados artistas de los lienzos corrugados.

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Entre la palabra llena de ingenio y el tornasolado dibujo de gigantes, la ciudad exterior ha recibido de modo alternado ración gratuita de arte contemporáneo. Qué bueno que regresaran los grafiteros del verbo a completar con picardía las desmesuras plásticas.

Podrían coincidir las dos expresiones. Podrían lanzar al unísono potentes alaridos de piedra y espejismo.

arturoguerreror@gmail.com

 

 

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