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Los buses de los miserables

04 de enero de 2019 - 12:00 a. m.

Sube al Transmilenio un ciego entrado en años –los ciegos casi siempre son de edad avanzada y entonan boleros amarillos. Sube una señora con dos niños, uno de brazos haciendo equilibrio, otro mayorcito que recoge las monedas. Sube un muchacho venezolano de ropa gomela que pide excusas por incomodar.

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Viene inmediatamente un cantante que enciende su maleta de música. A continuación, un hombre de tez atravesada recién salido de prisión: “prefiero pedir y no estar atracando”. Al final del corto recorrido llega el vendedor de estas deliciosas chocolatinas.

Es la corte de los milagros, de los que se saben estorbos, suplican aunque sea por un saludo, dependen de sus gargantas agudas para alimentar a tres o cuatro hijos, esposa, madre. Del lance de su discurso oxidado depende el pago de los veinte mil pesos de la pieza esa noche. 

Nunca antes Bogotá había visto desfilar tanto menesteroso por el principal sistema de transporte público. Ya no están en las calles porque de ahí los corren. Ya no se hacinan en guetos o inquilinatos porque se los queman. Ahora viajan en buses rojos en las horas cuando no van atestados.

No bien termina uno, cuando el siguiente comienza su acto. Forman un desfile ininterrumpido, una carrera de relevos. Eso sí, se respetan la palabra, no se arrebatan el turno. Es como si alguna torre de control pordiosero les diera turnos de minutos para ganarse a lo bien la bolsa o la vida.   

No son disfrazados, tampoco vagos ni adictos necesitados de su droga. Son desplazados, excluidos de una sociedad que exprimió a sus padres y que luego a ellos los arrinconó como inservibles. ¿Encontrar trabajo? Todos hablan de las vueltas infinitas que han hecho para conseguirlo, de las llamadas de retorno que nunca llegaron.

De entre los pasajeros surgen diversas respuestas. Los más escasos hurgan los bolsillos para escoger la moneda de menor valor. La mayoría mira para otro lado, simula conversar con su sombra, alega que ya le pagó este impuesto al que se acaba de bajar.

Otros no pueden con su conciencia. Lamentan que esta ciudad sea incapaz de acoger a sus pobres, sobre todo de darles educación para que la vida no les sea enemiga. Algunos martillan en su interior un por qué. De dónde viene tanta penuria, quién se quedó con sus tierras, en qué covacha de extramuros tuvieron que acomodarse estos expulsados de toda humanidad.

Casi todos estos mendigos están en edad y disposición de trabajo. Salvo los recién apuñaleados que agitan sus vendas o los carentes de algún miembro u órgano, los demás son brazos caídos, campeones de la informalidad económica. Ni las empresas ni el gobierno admiten que el mercado es implacable en su impiedad de echar a la zanja a los miserables.

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Y estos no se dejan morir. Resisten, ponen la cara que es lo único que saca la cara por ellos. Son la última escala del rebusque. Están más abajo que los de abajo. Son los ningunos, los NN en vida. Tienen como misión secreta atormentar la tranquilidad de la ciudad transeúnte.

arturoguerreror@gmail.com

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