Tal vez su retrato sirva para comprender la leonera de este país. Son gentes tan escasas de alma que necesitan con urgencia sorber las de los demás. En ese oficio vicario se les va entera la vida. La codicia los acompaña hasta el cementerio.
Hace un siglo se publicó en Estados Unidos un poema que los pinta de cuerpo entero. O, mejor, de alma entera. Fue escrito por un abogado insignificante que pasó a la gloria merced al libro que contiene esta pieza. Se llama Antología de Spoom River, serie de epitafios de un cementerio imaginario.
Su autor, Edgard Lee Masters, de Chicago, penetró la mentalidad puritana e hipócrita, lo mismo que el fracaso de la mayoría de estas vidas. La antología es, pues, una suma de la mezquindad humana. Así comienza el trazo sobre la lápida de Robert Davidson:
“Crecí espiritualmente nutriéndome del alma de la gente. / Si veía un alma fuerte / la hería en su orgullo y devoraba su fuerza”.
En estos versos desnudos se describe la esencia del despojo. La fuerza de espíritu es un nutriente. El ladrón hambriento la descubre y cae sobre ella. Pero para apropiársela tiene primero que debilitar al dueño, herirlo en su orgullo. Tan pronto asesta el golpe, puede devorar aquel nutriente.
Es exactamente la naturaleza del vampirismo. El murciélago chupa la sangre para vivir de ella. Facilita su tarea sorprendiendo a sus víctimas dormidas. El vampiro de almas les troncha su seguridad y luego se apodera de la energía ajena. “Los refugios de la amistad conocían mi astucia, / porque cuando podía robar a un amigo lo hacía”: el vampiro no tiene amigos, se perpetúa acechando en su entorno.
Atención: enseguida Lee Masters pasa del plano individual al político. “Y toda vez que lograba ensanchar mi poder / socavando una ambición, lo hacía; / así calmaba la propia. / Y triunfar sobre las otras almas, / sólo para afirmar y demostrar mi fuerza superior, / era para mí un placer, / el agudo regocijo de la gimnasia del alma”.
De modo que el objetivo final es el poder. El vampiro conoce la entraña de sus similares. Por eso cuando descubre ambiciones semejantes a la suya, excava a su alrededor y extrae de la tierra ese oro que calmará su ambición sin par. Ese es su triunfo, comprobar una hegemonía lograda mediante ventosa aplicada a los demás. La labor le es connatural, como galopar a caballo, una gimnasia feliz.
No hay que olvidar que estamos ante un túmulo, ante la casa terminal de quien alguna vez fue un hombre. Pues bien, el poeta finaliza su epitafio con una risa de desquite: “Devorando almas, hubiera podido vivir eternamente. / Pero sus indigestas sobras me provocaron una nefritis mortal…”.
Colombia bien podría ser el difunto Robert Davidson. Al comenzar el milenio un desbocado vampiro de almas se hizo al más alto cargo de la nación, con la mira de saciar su gimnasia placentera. Lo grave no es su individual enfermedad mortal. Lo gravísimo es el virus con que infestó a poco más de la mitad del pueblo. Que los más agudos galenos nos curen de la letal inflamación de riñones.