No es el virus el que tiene desvencijado al mundo. Es la falta de inteligencia de quienes lo manejan desde el poder. La pandemia se agita en oleadas impredecibles, pero científicos, gobernantes y comunicadores no aciertan en cómo paliar esta zozobra con medidas razonables y mensajes que den luz.
Entre tanto, crece el despelote. Los colegios abren, pero no abren. Un día se puede ir al supermercado, al otro día es prohibido. En lugar de que el día par sea un premio para las cédulas terminadas en par, se ordena que sea un castigo. La cabeza no comprende estas indicaciones alejadas de la lógica.
A los viejos les conceden tres medias horas de libertad, que luego se extienden a tres horas completas. ¿Por qué esta repartición arbitraria del tiempo? ¿Qué policía es capaz de adivinar si el anciano cumple con esta contabilidad del reloj? La consecuencia es que cada persona se inventa su coartada para salir a cualquier hora. Nunca como antes vale el dicho “hecha la ley, hecha la trampa”.
No solo se desordenan las calles, pululan los vendedores ambulantes y las fiestas clandestinas. También el pensamiento de la gente se descuaderna. Hace poco el ambientalista Gustavo Wilches-Chaux trinó con esta pregunta: “¿Mañana domingo sí es festivo, no?” Las bases de la cordura están corroídas.
El también tuitero @egonayerbe publicó el siguiente trino premonitorio: “El sector de más rápida recuperación va a ser la psicología. Después de este encierro vamos a quedar muy rayados”.
Que no se le eche la culpa al coronavirus. El problema es el modo como se afronta la plaga: mucho tapabocas, mucho lavado de manos, mucho susto con la cantidad ascendente de los infectados. Pero poca fe en la inteligencia de los ciudadanos, nada de confianza en su capacidad de comprender un problema y tomar decisiones autónomas y responsables.
Como no se valora a las personas, como el que manda es el miedo, ocurren reacciones que envidiaría el fascismo. Este sistema nefasto distribuye pedazos de poder entre sectores débiles de la población. Entonces los administradores y porteros de edificios, transeúntes casuales, vecinas de balcón, se vuelven fisgones, inquisidores, inventan reglas más allá de los decretos, acusan al que se baje la máscara por debajo de la nariz.
Las migajas de poder espurio, sembradas como semillas, no caen solamente sobre los pobres, los desempleados. Se desata una locura colectiva. Intelectuales nietzscheanos, pensadores progresistas, profesionales respetables, millennials y centennials resultan investidos de autoridad por cuenta propia. Se creen el cuento y proceden a ejercer sus tiranías de barrio.
En reciente entrevista con Mábel Lara, de Caracol Radio, la decana de Derecho de Los Andes y única latinoamericana en el Consejo de Supervisión de Facebook, Catalina Botero, defendió las libertades individuales con este argumento: “La libertad es esencial para el proyecto de vida autónomo de las personas”. Libertad y autonomía, casi sinónimas, son fundamento de cualquier tratamiento exitoso contra la pandemia.