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Montones de fusiles en contenedores

02 de marzo de 2017 - 09:00 p. m.

¿Por qué el país no vibra ante la dejación de armas guerrilleras? ¿Por qué tantos creen –con fe de religión– que los alzados únicamente entregarán pistolas de juguete, caucheras, escopetas de palo? ¿Y que los fierros auténticos están encaletados en las selvas, por si acaso?

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Podría pensarse que no es que crean eso, sino que lo desean. Y lo desean porque necesitan que siga la guerra, que nunca termine la matanza colectiva. Bueno, colectiva no. Matanza entre pobres, en realidad, que esconde su pérfida selección de clase social.

Tal vez esta hipótesis sea cierta en el caso de quienes se lucran de la guerra. Prefieren perpetuarla para perpetuar sus negocios sobre la base del miedo difundido.

Pero no es válida para la mayoría de la población que añora la guerra como una religión. Las multitudes no bailan ni cantan las marchas uniformadas hacia las zonas de concentración, mucho menos el amontonamiento de fusiles en contenedores para la fundición.

Esas multitudes han padecido la guerra, así vivan en ciudades, pero no reflexionan sobre lo que hay detrás de ella. Se remiten al dolor de las heridas, al despojo de las tierras, a la zozobra del estallido. A lo obvio.

Ignoran, en contraste, la hondura de inhumanidad que hay en toda batalla. Louis Ferdinand Céline, escritor francés de la primera mitad del siglo pasado, la caló  en su novela autobiográfica Viaje al fin de la noche.

Soldado en la Primera Guerra Mundial, recibió de su general orden de ir hacia el enemigo. “Avanzaba, pues, de árbol en árbol, con mi ruido de fierros”, balbucea el joven recluta. Y piensa “no me quedaba más que la débil esperanza de que me tomaran prisionero”.

El hilo endeble que separa dos eternidades, la de la vida y la de la muerte, empequeñece al hombre. He aquí la manera de dibujarlo escogida por Céline: “Un tiro de fusil le llega a uno más ligeramente que un saludo en tales momentos”. 

El edificio de la vida, erigido a trancos durante quince mil millones de años en este planeta, queda entonces convertido en una rama al viento. Esta brizna, representada por el fusilero entre sombras, será tronchada en un instante por un silbido y una fosforescencia. Y todo, ligeramente, de manera baladí.

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El tiro de fusil, así, es el opuesto de la evolución desde la amiba hasta el hombre pasando por el mono. O si se prefiere, la amputación de la mano de dios que crea. En la guerra, el fogonazo y el viaje plomizo de su muerte se convierten en destrucción intencionada y planificada de la vida.

Durante siglos este crimen de talla sideral fue consagrado como justo, santo o liberador, en el altar de la política. A mediados del XVIII el barón de Montesquieu comenzó a despojarlo de estas atribuciones espurias.

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Les advirtió a los triunfadores de todas las guerras que “un imperio fundado por las armas se ve en necesidad de sostenerse por las armas”.

De este modo señaló la trampa de las armas, que parte de las armas y genera obligación de seguir hasta el final con más armas.

arturoguerreror@gmail.com

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