Este iracundo noviembre ha sido una estación de la muerte.
En Colombia, la evocación del aniquilamiento al por mayor de magistrados, guerrilleros y blancos habitantes de Armero. En el mundo, el desangre de cientos en Oriente Medio y París por comandos negros venidos de la Edad Media.
Así no se puede. Colombia intenta poner término a su hora de los hornos y la historia saca de su bolso espectros de cuando los hombres se mataban por enconos o imprevisión. Vértebras descoyuntadas, ruinas arquitectónicas, cuchillos a punto de degollar, flores y fotos conmemorativas hacen su tarea funesta.
Es que cuando la muerte se aleja de su natural proceder, cuando se taja la yugular por televisión, cuando el barro esconde las culpabilidades institucionales, se desencadena un mecanismo vil.
Consiste en la infestación del aire. Millones de seres respiran odio directamente de la atmósfera. Sus cerebros entran en contaminación. Al espirar, de bocas y narices sale una mezcla de desasosiego y ganas de matar.
Entonces el ambiente gana kilos de más, recicla por un lado la hiel de los muertos reales y por otro el rencor de los vivos infectados. Las pobres ansias de paz quedan maltrechas, sube el rechazo en las encuestas.
Este noviembre ha sido máquina de envenenar neuronas. Habría que inventar una aspiradora de contaminación síquica, parecida a la que ubican en parques de países ricos para absorber partículas del aire aporreado.
En vísperas de la azorada cumbre del clima en París, harían bien los mandatarios en tantear la considerable malignidad de la atmósfera espiritual que atemoriza al planeta inteligente.
Es obvio que el calentamiento global es catástrofe, pero más insidioso es el clima de la pugnacidad que amedrenta los ojos de los niños y vela la piel de las muchachas vaporosas.
La crisis del mundo es más cataclismo íntimo que calamidad química. De las mentes inyectadas de televidentes y tuiteros provienen los ultrajes que estragan el planeta y construyen muros entre pueblos.
De manera que las sombras de noviembre deberían de alumbrarse con signos diferentes. A la estación de la muerte, con sus ráfagas y andrajos, hay que encontrarle el justo sitial en el basurero de la prehistoria. Comprenderla, escudriñar sus razones, desenmascarar sus silogismos.
A continuación, abrir ventanas para el ingreso de raudales tibios. Considerar, por ejemplo, la insensata hermandad a la que se aferran los perseguidos de las minorías que hallan dónde vivir entre pares en las ciudades de refugio.
Pensar que cada niño es una creación de la nada. Que todos los días nace nueva progenie y que ella viene con la ganancia expiada de sus antepasados.
Lo cierto es que Colombia y el mundo requieren encajar las violencias en marcos que las hagan soportables para las psiquis individuales y públicas. Y dando un paso adelante, soltar la imaginación hacia el futuro deseado.
Se rogaría que el inminente diciembre recuerde y viva en contravía del noviembre fenecido.
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