Colombia es un niño grande, desprovisto de padre. En esta orfandad está el brote de la violencia centenaria. Está igualmente el desespero por ser alguien, la urgencia de reconocimiento, la avaricia proyectada sobre íntegras las riquezas del mundo.
Por eso somos mafiosos, levantamos las organizaciones de exportación de drogas más eficaces del planeta. Ambicionamos el poder repetido hasta el infinito. No nos bastan millones de dólares, pues nunca tuvimos los gramos del afecto firme masculino. Las madres debieron de suministrar las argucias y fortalezas de los dos sexos.
El padre murió joven, se fugó rápido de la cárcel marital o simplemente no dio cara después de preñar a la muchacha del deseo. El hecho tozudo es la ausencia del padre, la infinita añoranza infantil de una ternura dura, de una certeza de pertenencia a la estirpe de los bien amados.
El país está desmadrado, salido de madre, porque la contraparte paterna se frustró. A tal punto llega esta desgracia que muchas jóvenes la aprueban como destino básico. Opinan que el hombre sobra, anhelan un hijo de cualquiera, se avizoran fuertes para fundar solas una vida. Al fin y al cabo, si se enamoran y embarazan, presumen que su futuro será de madres solteras.
¿Y los niños de doble madre y cero padre? La gente asume que la ingenuidad de los primeros años se va a prolongar, de modo que el retoño no echará de menos al hombre que le dio por mitad la vida. Error craso, el ansia de raíces ciertas se agiganta a medida que el joven advierte su soledad de lobezno sin lobo que lo adiestre.
El nido de víboras que es hoy Colombia puede explicarse por la avidez que todos sienten de ser escuchados. Si de niños no tuvieron una voz de artífice del mundo que pusiera devoción a sus porqués, los hombres de ahora exigen solicitud absoluta y omiten por inútil la atención a las razones circundantes.
Energúmenos, esta es la calificación de hombres y mujeres levantados sin brazo ni caricia paternos. Cuando muchos de ellos concurren en el mismo espacio y disputan intereses similares, son inútiles las palabras, bullen las sangres, giran machetes y pistolas. Y la vida se vuelve tormento duradero.
El país huérfano se estrangula de sin rutas hacia la identidad seminal. ¿Cuál era la cara originaria de mi cara? ¿A quién debo de parecerme? ¿Dónde encontrar la otra mitad de esta mitad que me aflige día y noche? Cuestiones pesadas sin cuya satisfacción las personas remolcan una semivida en la tiniebla.
Encontrar al padre no es por obligación estrechar al fugitivo o muerto, hazaña improbable o imposible. Es más bien realizar una operación de imaginación y convocatoria cósmica. Ante todo aceptar al viejo como ser real que habita líquido en las venas del hijo y que contribuye de lejos a esta empresa dolorida y anhelante del destino personal.
Hallar al padre es, finalmente, tomar la tarea de completar el mundo. Echarse al hombro mandato de demiurgo para crear de la nada un significado y una adoración.
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