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Para no condenar a Sócrates

22 de febrero de 2018 - 09:30 p. m.

El diálogo es otro de los tesoros hoy sacrificados. En su etimología esta palabra es diáfana. Es la razón que viaja entre uno y otro interlocutor. Es un desplazamiento de la lucidez. Un aprovechamiento mutuo de riquezas intelectuales y sensitivas.

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Al inicio de los inmortales Diálogos de Platón aparece la “Apología de Sócrates”. Es el discurso pronunciado por el primero de los filósofos clásicos griegos tras ser acusado de corromper a los jóvenes, no creer en los dioses del Estado y en su lugar poner a los demonios como nuevas divinidades.

Los 556 jueces condenaron a muerte a Sócrates por una desmirriada mayoría de 6 votos. Así replicó: “Hubiera sido para vosotros una gran satisfacción haberme visto lamentar, suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás bajezas que estáis viendo todos los días en los acusados…

“Quiero más morir después de haberme defendido como me he defendido que vivir por haberme arrastrado ante vosotros… Yo voy a sufrir la muerte a que me habéis condenado; pero ellos (mis acusadores) sufrirán la iniquidad y la infamia a que la verdad los condena”.  

Sin duda, la historia absolvió a Sócrates inmolado y penó a sus jueces con el infierno, es decir con el olvido para siempre. El fundador de la filosofía occidental, buscador de la verdad mediante el diálogo y la mayéutica —forma primordial del diálogo— ascendió a la inmortalidad. Sus sordos adversarios chapalearon en la politiquería barata hasta hundirse en la nada.

El altercado de hace dos milenios y medio es luz para estos tiempos en que agoniza el diálogo. En efecto, Sócrates habría podido salvar el pellejo con lloros, bajezas y postraciones. Prefirió, no obstante, exponer su dialéctica traslúcida, ofrecer una última dádiva de sabiduría a los oídos que quisieran abrirse.

Eso fue su apología. La continuidad de una práctica apegada a los meandros de la inteligencia. El último vuelo de pájaro embelesado por el sol. Así lo había acostumbrado entre sus discípulos y pares atenienses. El fruto de este método es nada menos que el cúmulo nervioso del saber contemporáneo.

Supo escuchar, supo combinar la fiebre ajena con su íntima convicción, mezcló los ingredientes y creó el licor. Parió y crio hijos de la mente. Por eso la mayéutica es arte y ciencia de parteros. Sus sucesores, Platón y Aristóteles, acunaron esta embriaguez en sucesivos diálogos, controversias, síntesis.

Semejante laboratorio de humanidad está en extinción. Hoy las entrevistas y foros radiales son aullidos. Las noticias son escándalo. La cultura es entretenimiento. Las tertulias amigueras son cotorreo. Los trinos son reacción desaforada. Los posts disparan videos de insolencia. Cada candidato en campaña es un tanque de guerra acerado. Cunde la sordera.

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Para no volver a condenar a Sócrates habría que recuperar el diálogo. Advertir que cada persona tiene una fortuna disponible para quien la sepa oír. Que, por eso, es un desperdicio echar a pique este oro. Y que, si se abriera a las verdades ajenas, Colombia nadaría en opulencia.

arturoguerreror@gmail.com

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