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Perplejos frente a las urnas

01 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.

El mejor momento para la paz, el peor momento para la política. En esta paradoja se encierra el presente de esta estirpe con condena secular a soledad.

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Parece asunto de divinidades locas, las que rigen el destino de Colombia. Se infla el optimismo porque quienes hicieron política con armas durante sesenta años van a dedicarse a la política pero sin armas.

Y en la misma coyuntura, la práctica de la política es río caótico donde pescan mafiosos, oportunistas, familiares de delincuentes que ordenan candidaturas desde las cárceles. Son minoría los municipios sin trasteo de votos, avales espurios, dineros electorales fétidos.

En las grandes capitales, vanguardias del voto de conciencia y esperanza de modales dignos, no hay entusiasmo. Los aspirantes no levantan ni polvo. Se acabaron las olas coloridas en redes sociales. Las vallas de publicidad dan vergüenza: creatividad cero, mensajes mentirosos, blablablá.

Dos terceras partes de los bogotanos no saben por quién votar para alcaldía. ¿Alguien puede mencionar siquiera el nombre de un candidato a edil? ¿Del medio millar de pretendientes al concejo, cuántos son conocidos más allá del circulito de sus íntimos?

En comicios de otra época era imperativo votar por el menos malo para que no ganara el malo. Hoy ya ni eso es dable. Ni siquiera el diablo, con su inmenso poder, logra instigar a las mayorías para que se amparen bajo el estandarte de un dirigente que por lo menos logre conjurar su azufre.

Los políticos han estragado la política. Son bagazo de sus padres y abuelos que comenzaron el gran robo. O son oseznos que no consiguen ocultar sus uñas aprendices frente a las jugosas licitaciones y contratos.

Todos, además, aspiran desde niños a la presidencia de la República. Se han vuelto duchos en puertas giratorias, trampolines, adhesiones, hoy por ti mañana por mí. Entran a la carrera de 42 kilómetros y no les alcanza la vida para las zancadillas de la meta.

Es a esta arena a donde se invita a los guerrilleros pacificados. Qué pena. Este costal de alacranes es lo que se les anuncia como premio por dejar las armas. Tienen que aprender desde ya el arte del codazo, la filigrana de la trampa, el oprobio de las venias.

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Por supuesto que ellos con su contumacia no dejaron que creciera en Colombia un modo de hacer política en que los fusiles no fueran ominoso argumento concluyente. Sus dogmas de contradicciones antagónicas, propios del XIX, retrasaron medio siglo el aprendizaje ciudadano del decoro en la política.

Y así estamos, a tres semanas de las elecciones, los de izquierdas y los de derechas, da igual, perplejos frente a las urnas. Sabiendo que el voto en blanco, mecanismo para consolar conciencia, no funciona sino en novelas de Saramago.

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Haciendo desde ya presunciones sobre los candidatos presidenciales del 18, que son idénticos a los lánguidos candidatos de este 15. Con la única diferencia de que para entonces los guerrilleros de hoy serán políticos al lado de los políticos.

arturoguerreror@gmail.com

 

 

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