El voto de pasado mañana es más que la refrendación de un pacto pacífico entre dos enemigos. Esa es la fachada, cierto, pero tras la apariencia aguarda secreta la decisión sobre la manera de hacer política.
De ganar el Sí, ni el Estado ni la guerrilla podrán en adelante utilizar balas o machetes para conquistar el poder o para mantenerlo. Ninguna clase de Estado, ni capitalista ni socialista. Ninguna guerrilla, porque se acabará la justificación para fundar o mantener guerrillas.
Es que desde que se fundó esta república, todo ha apestado a pólvora. Cada metro cuadrado de tierra se escrituró a cambio de un litro de sangre enemiga. Cada puesto público equivalió a un adversario desmembrado en el potrero. Las dinastías en el poder hunden su legitimidad en cimientos que se fertilizaron con manos y pies mochados.
Esta carnicería de corbatín facilitó que entre los sublevados pegaran ideas no menos asesinas. ¨El poder viene del fusil¨, ¨la guerra es la partera de la historia¨, ¨hay que combinar todas las formas de lucha¨, fueron los lemas que llenaron de conceptos homicidas los cerebros insurgentes.
Pues bien, en medio de infinitos muertos y de incesantes sobrevivientes, la atmósfera nacional cargó de hiel y humo las entrañas de la gente. Como de las entrañas vienen las palabras, estas se ennegrecieron y en lugar de transmitir concordia llamaron al desastre. Así malvivimos hoy.
El Sí del domingo será un detente a esta circulación de la furia. Si gana con timidez, con cifras tacañas, se convalidará un documento, el Acuerdo Final. Pero si la victoria es épica, si estos votos multiplican a los del No en proporciones inmarcesibles, el alud será signo de que la gente comprendió.
Signo de que el plebiscito irá más allá de desarmar una guerrilla, de confirmarle monopolio de la fuerza al Estado y de negarles visa a sus fuerzas paralelas. Más allá incluso de cauterizar las venas de la política en el porvenir.
En efecto, esta proclamación de una desacostumbrada doctrina política, podrá adicionalmente contagiar las palabras. De hecho, así lo contempla el primer Protocolo del Acuerdo en su capítulo de ¨Reglas que rigen el cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y dejación de las armas¨:
¨El Gobierno Nacional y las Farc-EP se comprometen a NO realizar en virtud del presente acuerdo las siguientes acciones: 6. Utilizar lenguaje difamatorio por cualquier medio¨.
La formulación, que renglones abajo se complementa con ¨no hacer propaganda hostil¨, es pálida pero indica que los contrincantes elevaron un par de bengalas para alumbrar la trascendencia de desarmar la palabra.
La campaña para el plebiscito se adelantó bajo el fantasma de la negación: lo acordado, lo presentado en la ONU, lo firmado en Cartagena, todo se vendría abajo si ganara el No. De ahí que las palabras estuvieran manchadas. También los corazones.
El triunfo vehemente del Sí haría que el plebiscito fuera más que la refrendación de un pacto, más que la instauración de una política sensata. Que se erigiera como la puerta al lenguaje del alma.
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