No hay oficio más peligroso que el de testigo. Tan peligroso que suele ser mortal. A los testigos los visitan en sus cárceles, les ofrecen caricias penales, cambio de nombre, respetabilidad en países de ensueño, sumas como de premio gordo de lotería.
¡Ay de que no agachen la cabeza! Cuando un testigo padece de demasiada honradez, se le decreta alguna manera de desembarazarse precisamente de su cabeza.
En este mundo plagado de ignorantes e inocentes, el inconveniente del testigo es saber demasiado. Es decir, ir contra la corriente. Su fardo consiste en haber visto y oído en exceso. También en tener una lengua gracias a la cual puede hablar, contar la verdad.
El problema viene cuando ese incómodo declarante sigue hablando después de muerto. Los pillos entonces afrontan la terrible mirada de ultratumba.
El funeral del testigo es gesto concluyente sobre el legajo de la corrupción. Los rastros dejados a conciencia, días u horas antes del último suspiro, cobran dimensión de silogismo de cierre ante los tribunales de la conciencia y de la esmirriada justicia terrenal.
Blas Pascal comprendió en su punto la solemnidad de este veredicto póstumo: “No creo –escribió– sino en las historias cuyos testigos se hagan degollar”.
Hacerse degollar no es necesariamente suicidarse. Los suicidas acostumbran filtrar anuncios, velados o descarados, de la decisión adoptada en contra de sí mismos. No se requiere ser suicida, en cambio, para presagiar que alguien, un poder inmenso, amenaza con hacerlo pasar al otro lado.
Es que los testigos conocen los hígados de aquellos con quienes trabajan. Con frecuencia pertenecen a sus cercanías. Detectan igualmente el momento en que comienzan a ser fastidiosos. Huelen a distancia la pérdida de la confianza, de la amistad, de la cordialidad de quienes los contrataron. Escrutan el significado de su vocabulario tabernario.
Los métodos para suprimir a los que dejaron de ser cómodos son usanza de la historia. La cicuta para Sócrates, la ponzoña romana que brincaba de copa a copa del vino, el veneno en la punta de los floretes para Hamlet. Son procedimientos decentes, que no dejan las huellas groseras del puñal o la pistola.
Las palabras postreras de Hamlet envenenado, cuando oye entrar a Fortinbras, nuevo rey de Inglaterra, son un clamor por la verdad. Las dirige a su amigo Horacio a quien ruega narrar la verdad de su vida que se va. Helas aquí, en la esclarecedora traducción de Joe Broderick:
“Cuéntaselo todo, lo bueno y lo malo, sabiendo cómo me urge que tenga él conocimiento de todo cuanto aquí ha sucedido. Lo demás es silencio”.
A comienzos del XVII, el príncipe de Dinamarca no contaba con máquinas que perpetuaran la voz y la imagen. Las grabadoras no lo reemplazarían en ultratumba divulgando lo que sabía para purificar su figura por los siglos.
Hoy la técnica proporciona aparatos fidedignos. Y los testigos se dan mañas para que lo demás no sea silencio.