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Una cruzada de sueños e inteligencia

05 de julio de 2018 - 09:00 p. m.

Imaginar el próximo futuro del país equivale a “empezar a pensar desde el principio”, como lo recomendó Elías Canetti dos años antes de terminar la Segunda Guerra Mundial. El fuego y los hornos ponían punto final a la Europa de la majestuosa civilización planetaria. Era indispensable emprender un borrón y cuenta nueva.

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Nuestros campos redistribuidos a motosierra, nuestros ocho millones de sacrificados, la pugna mental que nos heredó esta para-realidad, merecen un segundo pensamiento. No es posible seguir como si aquí no hubiera pasado nada.

Primero que todo es necesario redefinir lo que significa ser colombiano. Qué migajas sembró en los cerebros el inicuo ejercicio del poder, al cual alude igualmente Canetti como “la más absurda de todas las religiones: la religión del poder”.  

Somos la consecuencia de una sucesión de religiones: la institucional de dos mil años que arropa la mitad del globo, la del poder cuyas deidades nunca se sacian, y la de hoy que chilla sobre el altar de una pelota de fútbol.

Cada una ha sido preparación para la siguiente. Fueron moldeando la vida, formateando las cabezas, aceitando las instituciones. ¿Cómo, entonces, no pensar desde el principio?

Las religiones gustan de abrir sus libros con palabras rotundas: “Al principio creó Dios los cielos y la tierra”, “Al principio era el Verbo”, “Primero estaba el mar”, “Todo hombre que tiene poder se inclina a abusar del mismo; él va hasta que encuentra límites… Hace falta que el poder detenga al poder”, “Cuanta más dictadura, más fútbol; cuanta mayor crisis, más fútbol”.

No de cualquier manera se logra el propósito de empezar a pensar desde el principio. Canetti fustigó a los etnólogos positivistas e investigadores sobre pueblos primitivos, que precisamente escudriñan la manera en que todo comenzó.

“Cómo podemos fiarnos —escribió— de las reflexiones de personas cuya fuerza no estuvo nunca en el pensamiento; cuya fantasía estuvo siempre paralizada por la precisión y la exactitud; a quienes les importa mucho más decirlo todo que decirlo con claridad; que vivían para coleccionar y, solo de un modo secundario, para conocer”.  

Fuerza en el pensamiento, fantasía sin embotamiento, ansia de conocimiento y claridad, estos son los requerimientos de un buen estudioso. Argumentación alumbrada por la imaginación, discurso al alcance de la calle y del azadón, en dos palabras, razón y poesía.

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Habría que promover una cruzada de sueños e inteligencia para que muchos colombianos suelten al viento la programación del país por venir. Porque la roya que hoy vuelve polvo la identidad y el vínculo está instalada en las mentes. No es resorte de leyes ni de policía ni de uno u otro mandatario.

Es cuestión de cultura, de criterios para desempeñarse en la cotidianeidad, de luces sobre de dónde venimos y para dónde vamos. Las lecciones aprendidas mostraron su fracaso, por lo menos desde comienzos del milenio. Entonces hay que pensar e imaginar.     

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El país puede dejar de ser un buque borracho bajo las tormentas de dioses coléricos.

arturoguerreror@gmail.com

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