El nuevo gobierno muestra enorme hambre, incluso antes de ser gobierno. Desde el Congreso y los micrófonos sus alfiles se amontonan para forzar modificaciones a la Constitución, desconocer derechos adquiridos, asolar con la aplanadora que más pesa, llamar criminales a los amnistiados.
Están envalentonados por los diez millones de votos que no son lo que la matemática cuenta. Más bien son en buena medida derivación del miedo de la gente contra el otro candidato, el de los anuncios altisonantes.
El hecho es que exteriorizan su apetito, su conciencia de para qué sirve el poder. Quieren ganarse las semanas que le restan al gobernante vigente, pretenden acelerar los relojes, borrar los períodos reglamentarios.
Son ciegos a la otra mitad del país que dice blanco mientras ellos argumentan negro. Se paran en su esquina del cuadrilátero con los guantes calzados, zapatean sus danzas y cantos de guerra. Quieren desentumir sus músculos, privados del ejercicio de dominio desde hace ocho años.
¿Cómo plantear, así, una estrategia que desbarate la polarización del país? ¿Cómo demostrar que con la garrotera actual todos perdemos? ¿Con qué contabilidades se haría patente el beneficio de los ricos desde el momento en que los pobres puedan comprar?
Porque bajar la guardia y respirar lento no es asunto solo de buena voluntad y de pronunciar el mantra ´Om´. A los predicadores de la nueva era les convendría fijarse en la naturaleza calculadora y utilitaria de los dos bandos enfrentados. Cada uno cuida sus intereses y sospecha que el otro quiere despojarlo. Ambos sienten miedo.
El problema consiste en que los acumuladores de siempre llevan más tiempo escriturando y defendiendo. En tanto que los nacidos cuando todo tenía dueño carecen de experiencia poseedora. Los platillos de la balanza común no guardan ecuanimidad.
Parece razonable, entonces, invitar a los poderosos a que sean los primeros en deponer su ánimo camorrista. Las palabras iniciales del discurso de victoria del próximo presidente insinuaron esta probabilidad. Pero la grandilocuencia de su bancada parece correr detrás de otra voz antigua y amargada.
En otras latitudes ha ocurrido el milagro. Regímenes verdugos cedieron a la presión de los sindicatos proletarios, subieron salarios, aflojaron riendas, abrieron cauces al bienestar de las mayorías. Se pudo vivir mejor, el pueblo elevó su productividad, la gran máquina social convirtió rápidamente al país en ejemplo para el mundo.
Una revolución sin dictadura, en la que no se reparta la pobreza sino la bonanza, en la que los banqueros dejen de socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, es posible, es soñable.
Sería la realización del gana-gana. Unos y otros, los que refunfuñan desde las dos orillas, arribarían a la pradera donde hay frutas y soles para todos. Se despresurizaría la olla pitadora en que hoy se sancochan las furias centenarias. Y Colombia por fin amanecería en paz, no como papel firmado sino como cultura.