El pobrecito animal está cruzado de flechas, jadea en vez de respirar, de tanto pujar se descose. Hace mucho tiempo que sufre, mira a un lado y otro, sus ojos son una pregunta.
Hay que considerarlo, su llanto es nuestro llanto. Es un buen muchacho este animal. Si de él dependiera babearía las manos vecinas con su lengua callosa. La niebla de su hocico daría energía a los pordioseros. Pero no, no lo dejan, debe dar coces y arremeter con sus astas tajantes.
Lo vamos a sanar. Algunas flechas supuran pus. Hay infecciones que vienen desde el siglo antepasado. ¡Ay! Se mueve para un lado y punzan, para el otro y hunden un sufrimiento en las costillas. Es preciso dejarlo vivir a placer.
El animal nunca aprendió a sufrir, vino al globo para ser mansedumbre e instinto. Solo que se aprovecharon de él. Su inconmensurable paz terminó como bolsa de boxeo sobre la que desfogaron los puños unos seres extraños.
¿Será preciso en primer lugar aniquilar a estos pugilistas? Tal vez no. Identificarlos y desenmascararlos, eso sí. Iluminar en sus conciencias y en las del resto de los animales el gravísimo mal que hacen desde aquellas épocas fundacionales.
Que en su intimidad resuelvan su destino, los motivos de esa desgracia que hace desgraciados a todos. El coro zoológico marca en las frentes de esos enemigos la advertencia, les da oportunidad de suspender su guerra y de reincorporarse a la nobleza que hace verdaderos animales sabios.
¿Sabios? Por supuesto. ¿Han visto ustedes alguna fiera del monte destrozando a otra de su misma especie? ¿O matando por matar y no por alimentarse de acuerdo con la cadena recuperadora de fuerzas de la naturaleza? Las bestias tienen su ética, viven su ética, sin esfuerzo. Fluyen.
Entonces, ante todo es imperativo juzgar la historia. Animales que se autodenominan superiores han sido inferiores a la elemental vida. Son los que crucifican a nuestro animal. No es dable seguir adelante sin ajustar cuentas con ellos para que las hornadas siguientes impidan la reproducción de sus abominaciones.
¿Después? Quitar las flechas, cuidadosamente, amorosamente, con guantes de piel. Caricias. Sí, con saliva y lengua. De un animal a otro animal. Entregar por primera vez una prueba de que es posible un mundo sedoso. Elevar el erotismo a categoría terapéutica.
Nuestro animal no lo creerá. La faena toma tiempo. Un cuerpo otorgando tibieza a otro cuerpo. Una pelambre erizándose no de miedo sino de agrado. Dormir con ambos ojos, sin arma debajo de la piedra que es almohada. Amanecer en un mundo divergente.
Dar pasos sin esquivar las punzadas porque no hay mortificaciones. Comprobar que el olor de hierba es licito. Salir de la sombra del árbol sin la urgencia de voltear la cabeza para esquivar al depredador. Mmmm, imaginar el deseo de un hijo. Echarse en el pasto para encargarlo.
El animal resuella, ¿a quién agradecer? No siente sus órganos porque no le duelen. Marchan en silencio a lo largo de un estado llamado salud. Advierte que montañas, ríos y oropéndolas han estado siempre ahí para recordarle que él se llama Colombia.