Dos juristas costeños, el ex senador Edmundo López Gómez y el ex notario de Bogotá Óscar Alarcón Núñez, publicaron recientemente sendos textos en torno a la constitución de 1991.
El de López, titulado “Un gran lunar de la constituyente: el zarpazo contra el congreso” sostiene que la revocatoria del período parlamentario fue episodio penoso para nuestra democracia”. El de Alarcón, titulado “La cara oculta de la constitución del 91”, recuerda que la séptima papeleta no fue escrutada y contrasta, en doble columna, los textos originalmente aprobados con los publicados como definitivos.
Soy devoto de la constitución del 91, particularmente, en lo que tiene que ver con la democracia de participación, con el reconocimiento de la pluralidad, con la autonomía territorial y, por supuesto, con la carta de derechos. Pero desde siempre eché de menos una carta de deberes. Pienso que la auténtica legitimidad republicana no se construye sin conciencia social sobre derechos y deberes de un ciudadano que debe ser protagonista, y no sólo espectador, del suceso cotidiano en cualquier sociedad democrática.
Esa es la carencia fundamental de la actividad pública colombiana: conciencia de ciudadanía. Los responsables son quienes han ocupado el gobierno después del 91, sin preocuparse por pedagogía constitucional alguna, así como los ciudadanos mismos. Han faltado equipos dirigentes, pero también empoderamiento social. A las generaciones más activas del 91 les faltó sentido de historia. Como lo tuvieron, en su momento, las de 1810 y1850. Las del centenario y los nuevos. Las del frente nacional y el estado de sitio.
Al final de su libro Alarcón trascribe un diálogo que sostuvo con Antonio Navarro, en el cual éste comenta sobre algunos errores cometidos por su grupo porque “nosotros no sabíamos de política, pues veníamos de la lucha guerrillera”. Tal aserto parecería darle la razón a López Gómez cuando habla del “zarpazo contra el congreso”. En efecto, revocar un período parlamentario es como no saber de política. Le suena bien a unos pero –mientras no se modifique el sistema electoral- en la siguiente elección vuelven al congreso los mismos y/o los voceros de su círculo más próximo.
A menudo los congresistas merecen el duro juicio de sus críticos. Sin embargo el congreso colombiano no es diferente a cualquier otro congreso del mundo. Como decía Luís Carlos Galán, a su seno llega tanto lo mejor como lo peor del país, pero en su gran mayoría son personas comunes y corrientes, que corresponden al más auténtico promedio nacional. En síntesis, el reflejo más cabal de un país es su propio congreso. De hecho, la conducta de muchos de sus integrantes desvirtúa el sentido de su trabajo institucional, pero quienes lo denostan se niegan a reconocer que sus propios defectos están proyectados en ese órgano representativo.
El vigésimo centenario de la constitución debe celebrarse con euforia, por lo bueno que la nueva carta política le trajo al país. Pero como dice López la verdadera historia no se escribe con olvidos ni silencios. Los lunares ocultos que muestran López y Alarcón no alcanzan a desvirtuar los aciertos constitucionales. Pero muestran el alcance de la historia que se hace entre cuatro paredes para presentarse luego como deliberación colectiva. Y ponen de presente los claroscuros que hay detrás de la dinámica política.
En estos días del vigésimo aniversario ha habido también otras críticas que pueden resumirse así: La constitución hizo promesas que no se han cumplido y que, probablemente nunca se cumplan. Es más, algunas de las contenidas en el texto original fueron objeto de contrarreformas. Pues bien, esa es una responsabilidad dirigente: de quienes, desde el 91 hasta hoy, han expresado su compromiso con la constitución, pero nada han hecho por incorporar sus principios y valores al imaginario colectivo.
Los textos constitucionales no son mágicos. Suponen un pacto que sólo se honra con sus desarrollos, a los cuales hay que incorporar al ciudadano común. Es un problema de voluntad política, de patriotismo cívico, de conciencia ciudadana. Mientras no se supere la dicotomía entre la orilla de las instituciones y la orilla de los ciudadanos, será muy difícil evitar que las promesas constitucionales se queden escritas.
*Ex senador, profesor universitario