La ruptura de Cataluña con el resto de España parece un encaro decimonónico.
Como lo recordó el editorialista de este diario el miércoles pasado, los separatistas sólo obtuvieron el 48% de los votos. Ello significa cierto revés porque el respaldo al cisma no alcanzó las mayorías. Por lo tanto la legitimidad que da una supuesta “petición mayoritaria de la sociedad”, simplemente no existe. Pero el resultado electoral no es fácil de gestionar para ninguna de las partes.
Los separatistas anunciaron que una mayoría absoluta de escaños, es decir, la mitad más uno, es suficiente para que el parlamento de Cataluña declare la ruptura con el Estado español. Pero, como apuntó la periodista de El País Vera Gutiérrez Calvo, no aclaran por qué la decisión más relevante, definitiva y trascendental de un parlamento, que es una declaración de independencia, requiere un apoyo de apenas la mitad más uno, mientras que la propia Cámara catalana exige para reformar el Estatuto de autonomía dos tercios de los escaños, para aprobar una ley electoral propia dos tercios, para nombrar al defensor del Pueblo autonómico tres quintos o para designar a los miembros del Consejo Audiovisual de Cataluña dos tercios.
Quienes así proceden están jugando con la democracia. Personalmente no le encuentro mucho sentido a la idea de hacer más gravoso un procedimiento reformatorio que otro pero, de adoptarse diferencias, necesariamente tiene que ser más fácil aprobar una ley electoral que declarar la independencia. De lo contrario no se está asumiendo una postura democrática. Es imposible hacer democracia sin demócratas. La democracia es muchas cosas, pero también es procedimiento.
Es más: El Estado-nación tuvo su auge en el siglo XIX. Lo que el presente trajo consigo fue su crisis. Por eso la actitud catalana mira hacia el pasado. Contrasta con la visión futurista de José Saramago, quien hace dos o tres lustros propuso que España y Portugal borraran sus fronteras y se convirtieran en un solo país. Saramago sabía, de tiempo atrás, algo que aún no han descubierto los catalanes independentistas: Lo que el mundo contemporáneo necesita es construir más tejido de sociedad y menos aparatos estatales.
Recuerdo haberlo escrito en esta misma columna: La propuesta de Saramago llevaba implícito un proyecto capaz de fortalecer la construcción de un eje iberoamericano. Una comunidad claramente diversa pero organizada, con historia, concepción cultural y sensibilidad ética compartidas y con fuerza en los dos lados del Atlántico, se vuelve estratégica tanto para los pueblos de América como para los pueblos ibéricos.
Al Gobierno y a la oposición les está quedando grande el problema. Hay matices, pero en uno y otro lado proclaman la defensa de normas jurídicas cuando se trata de un problema eminentemente político. Rastreando la prensa española encontré declaraciones de catalanes nacionalistas que consideran a España como una parte de su identidad. Sin embargo no se sienten representados por nadie. Algún experto sostuvo que los catalanes debieran mirar menos a Escocia y más a Baviera aunque, de hecho, no parecen mirar hacia ninguna parte: Se redujeron a mirar el ombligo de su propio pasado.
* Exsenador, profesor universitario, @inefable1