La democracia es contradicción, debate, controversia. Pero es contradicción inteligente, no enfrentamiento físico, ni confrontación violenta. El estado social y democrático de derecho garantiza el debate y canaliza la controversia. Por eso el sentido de la política en las sociedades plurales es procurar acuerdos entre contradictores, a través de procedimientos elaborados en medio del derecho.
En consecuencia la democracia supone deliberación amplia y abierta. Sin embargo no es una deliberación para nada, ni puede ser indefinida, ni culminar en nuevos desacuerdos. Cuando hay conflictos sociales, étnicos, de género, en fin, la protesta resulta inevitable, necesaria, conveniente. Una sociedad plural ha de reconocerse a sí misma en sus diferencias, en sus diversidades, si se quiere, en el rechazo al unanimismo.
Pero esas diferencias deben servir como vínculo y dinamizar una idea de comunidad. Si la sociedad ventila sus diferencias a base de una relación civilizada hallará puntos de encuentro, es decir, consensos sobre los cuales pueda construir reglas de juego con alto grado de legitimidad, pues serán producto del acuerdo social. Lo que ocurre es que eso sólo es posible entre demócratas.
A veces pienso que los niveles de polarización extrema que alcanza la sociedad colombiana no son producto de falencias democráticas sino de falencias humanas. Probablemente en Colombia hay más democracia que demócratas o, si se quiere, hay poca democracia porque hay pocos demócratas. La prueba ácida de la democracia no se refiere a la forma en que la gente piensa, sino a la forma en que se relaciona con el otro.
Edward Said, un académico que transitó con gran propiedad por los caminos del arte y de las letras, pone de presente cómo ese fenómeno resulta evidente, inclusive en la literatura de imaginación. Recuerda a Joseph Conrad, cuando escribe como alguien cuya perspectiva occidental del mundo no occidental está tan arraigada que lo ciega respecto de otras historias, otros comportamientos, otras aspiraciones.
La democracia no es una forma de gobierno, ni siquiera un sistema de vida. Es una cultura. Mientras no se asuma como tal y no se interiorice de ese modo será imposible desarrollar políticas de integración, de tolerancia, de inclusión. La democracia es imposible sin demócratas.
Vale la pena reflexionarlo a propósito de los sucesos de ayer, en los cuales una protesta legítima de sindicatos del sector público es aprovechada para desestabilizar la seguridad ciudadana. En este país todo es posible. Los artefactos explosivos de ayer pueden venir de cualquier lado. Pero su activación sólo conviene a los extremismos, esos sí, totalitarios, para los cuales la democracia se reduce a su visión excluyente y unilateral, o es simplemente una falacia.
No se puede ver terroristas detrás de cada manifestante ni fascistas detrás de cada agente del orden. A veces detrás de aquel y de este se esconde algo de unos y de otros. Pero sólo en la superioridad moral se puede basar la legitimidad de una protesta social o de una decisión de las autoridades públicas. No basta con que ambos manejen un discurso democrático. Es preciso que los dos se comprometan con su ejercicio cabal, ético y político. De otra manera la democracia desaparece, porque no está sustentada en demócratas.
Ex senador, profesor universitario.