En los registros de prensa sobre la movilización del 20 de julio de 1810 eché de menos algún análisis siquiera, sobre su contexto histórico-político.
La rebelión Comunera, la Expedición Botánica, el Memorial de Agravios, la misma crisis de la monarquía española –producida por la invasión Napoleónica a España- significaron fenómenos sin los cuales no se puede entender el proceso que culminó el 20 de julio. Nuestra historia oficial no suele resaltar sus características básicas: lo que se operó el 20 de julio fue una movilización civil y local.
El profesor Antonio García lo describió sin eufemismos: la revolución de 1810 no se hizo con ejércitos sino con cabildos. Para el maestro Darío Echandía los granadinos habían aprendido en Francisco Suárez que el gobierno se funda por un contrato entre el pueblo y el gobernante. Abelardo Forero Benavides, recordando a algún cronista, anotó que lo ocurrido en Santafé no fue un motín, sino una revolución.
Pero fue una revolución hecha por juristas como Torres, por científicos como Caldas, por letrados como Pombo, por líderes populares como Carbonell. Hicieron una revolución dentro del derecho. El tribuno Acevedo y Gómez logró aglutinar a todos los sectores sociales en torno a expectativas comunes que se concretaron en la formación de la Junta de Gobierno, y en el encargo que le hicieron para redactar una Constitución.
No fue, entonces, el 20 de julio el día de la Independencia. Fue, en cambio, el día de la Constitución. Leí, por primera vez, este feliz aserto en un artículo de prensa publicado por el magistrado Mauricio González hace algún tiempo, a propósito del bicentenario. En efecto, reclamar una Constitución “que afiance la felicidad pública”, según reza el Acta, y hacerlo en ese momento, suponía apostarle a una revolución en serio
Significaba la decisión política de controlar el poder. Así, no importa mucho quien gobierne, incluso si es el propio rey, siempre y cuando esté sometido a los controles que lleva implícitos la idea constitucional. Ese el gran significado del movimiento del 20 de julio. Por eso suelo afirmar que Colombia nació en medio del derecho y que el Acta del 20 de julio es nuestro primer sonido constitucional del siglo xix.
El principio del control es un auténtico principio democrático. Sobre esa base los neogranadinos quisieron construir su “primera república”. Algunos se atreven a llamarla “patria boba”, en afirmación tan impropia como insidiosa. Aquel período significó un importante proceso de búsqueda institucional a partir de la autonomía de las Provincias. Por desgracia se desgastó entre pugnas internas y colapsó con la Reconquista hispánica.
Los neogranadinos rechazaron siempre el centralismo colonial y, por eso, en el Acta del Cabildo proclamaron una especie de unión federativa. Aun después de su promulgación la mayoría de Provincias siguió recelando de lo que podría ser un nuevo centralismo, pero ahora vestido de república. Esa es una enseñanza del 20 de julio, que sigue vigente. Pero nunca la hemos tomado en serio.
*Ex senador, profesor universitario, @inefable1