Muchas cosas han quedado atrás en virtud de la evolución de la teoría de la democracia: Primero los ideologismos que sobresectarizaron la política. Luego la combinación de las formas de lucha. Finalmente la idea clásica de revolución.
El siglo xix trajo consigo una sobreideologización que sobrevivió casi doscientos años. No sólo la división entre monárquicos y republicanos –que produjo la fractura entre derecha e izquierda- abrió hondas brechas políticas. Detrás de las victorias militares de Napoleón se fueron consolidando las conquistas de la revolución francesa. Esa fue la gran razón para que casi todas las monarquías europeas conformaran la “santa alianza” en función de mantener el absolutismo regio.
Más tarde el marxismo leninismo reforzó aquella dicotomía, pero ya no en torno al conflicto monárquico-republicano sino a la defensa o rechazo de la propiedad privada. Simultáneamente se fue consolidando el estado de derecho y los éxitos electorales de la social democracia abrieron la puerta a su compromiso con las reformas parlamentarias. En ese marco cobró fuerza la idea de la combinación de las formas de lucha.
La guerra, interna o externa, era la mejor forma de hacer política por otros medios. En el enfoque binario de la modernidad –es decir, el de buenos contra malos- la izquierda apuntaló la necesidad de apelar a la revolución para hacer posible las conquistas de la democracia social. En lo suyo, la derecha construyó los fascismos que dominaron el escenario europeo de entre guerras, a menudo replicado por dictadores americanos.
La guerra fría congeló un conflicto que no podía resolver. Era lógico: la división entre buenos y malos resultaba insuperable. Sólo una guerra internacional, o una revolución nacional, tenía la capacidad de aportar soluciones a semejante problemática. En otras palabras, la sobresectarización ideológica imponía una única salida posible: la victoria de unos y la derrota de los otros.
El descubrimiento de la pluralidad social y, con él, la aceptación de una multiplicidad de visiones sociales –todas ellas legítimas aunque fueran contradictorias- decantó la idea de los derechos individuales y recuperó la de unos derechos en cabeza de colectivos como las etnias indígenas, las negritudes, las comunidades de género, en fin, con lo cual apareció la necesidad de construir una visión omnicomprensiva de la democracia.
Ese es el escenario del siglo xxi. No caben en él la sobreideologización decimonónica, ni la combinación de las formas de lucha, ni siquiera la clásica idea de revolución que conoció la centuria anterior. Insistir en ellas pone el futuro en el pasado y antes que abrir diques refuerza el statu quo. Quien, por no ser consciente de ese tránsito, mantiene su vieja postura, termina involucionando de progresista a regresivo sin darse cuenta.
Las sociedades contemporáneas son plurales, heterogéneas, diversas. Se preocupan por garantizar el respeto a la diferencia y, no sin dificultades, procuran la inclusión de sus varias culturas en el seno de su complejo cuerpo social. En esa dirección es que avanza hoy la democracia. Seguir impulsando el conflicto de buenos contra malos cuando la sociedad dejó de ser dual para volverse multipolar es, por lo menos, un despropósito. Equivale a reciclar los fascismos del siglo xx dentro de un ropaje revolucionario. Hay quienes llaman a eso fascismo de izquierda.
El suceso de hace una semana en el campus de la Universidad Nacional ayuda a ilustrar el tema. En el pasado, cuando la fuerza pública ingresaba a la universidad o se aproximaba a sus puertas se hablaba de abuso o, por lo menos, de provocación. Claro, la fuerza pública podía, legalmente, hacerlo pero se asumía simplemente que las armas en una casa de la cultura sobran. Por lo mismo los miembros más politizados de la comunidad universitaria sostenían que las prácticas fascistas se habían tomado a los gobiernos de turno.
¿Qué significa la presencia del grupo del ‘eln’ con armas, mensajes y símbolos bélicos en la ciudad universitaria? Una ocupación arbitraria, violenta, intimidatoria. Como las de las ‘farc’ cuando secuestran o se toman asentamientos civiles. Son prácticas fascistas. Es la perversión de una política cuyos protagonistas siguen pensando en términos del pasado. Los vuelve reaccionarios. Alguien con quien compartí este texto me dijo: el fascismo de izquierda no existe. En esa lógica estos grupos armados no son fascistas de izquierda, sino simplemente fascistas. Es decir, grupos de derecha.
*Ex senador, profesor universitario