La edición de este diario, correspondiente al domingo anterior, publica un amplio informe bajo un título provocador: la última trinchera de las ‘Farc’.
Se refiere al Cañón de las Hermosas y a los rincones que, en la frontera común de los departamentos del Tolima, Huila y Valle del Cauca, son escenario actual de una ofensiva militar sin precedentes cuyos desarrollos, según el informe, están siendo afectados por razones vinculadas con la geografía.
Para mi generación y para las generaciones más próximas a la mía, nacidas alrededor de la mitad del siglo xx, aquellas zonas fueron precisamente lo contrario de lo que consigna el titular: no la última, sino la primera trinchera de las ‘Farc’. Allí se formaron, en medio de un complejo proceso político de persecución oficial y de formación de autodefensas campesinas. Para las generaciones que nacieron entre 1940 y 1960, aquel fenómeno se conoció como ‘la violencia’ y está asociado con el asesinato de Gaitán y con el surgimiento de unas guerrillas liberales en el sur del Tolima y en los Llanos Orientales.
El Frente Nacional fue el remedio que el país ensayó para reconquistar la paz. En efecto, logró unos primeros resultados positivos, pero luego se cerró sobre sí mismo y terminó propiciando o legitimando conductas individuales y colectivas muy discutibles: la exclusión de sus críticos de todo ámbito político-administrativo; la defensa ética de la tesis de la combinación de las formas de lucha; la estamentalización de las fuerzas armadas e inclusive su burocratización.
A lo largo del Frente Nacional sólo podían acceder a cargos de representación los liberales y los conservadores. Los comunistas ejercían y reclamaban la democracia durante el día pero practicaban la lucha armada durante la noche, en una contradicción que trajo consecuencias funestas. A los militares se les otorgó el privilegio de definir sus asuntos sin interferencia del poder civil, como si los asuntos militares no fueran también competencia de legisladores y gobernantes.
La burocratización del ejército es algo tan de bulto, que sólo se ha venido corrigiendo desde hace unos dos o tres lustros. Indudablemente el estamento militar ha sido objeto de un saludable proceso de modernización. No de otra manera hubieran sido posibles los avances del país en materia de seguridad. Pero ahora resulta que no están preparados para luchar contra un nuevo y terrible enemigo: su ignorancia geográfica.
En el informe de El Espectador el mayor retirado José Cadena Montenegro, quien preside la Asociación Colombiana de Geógrafos, concluye su texto afirmando sin ningún eufemismo: “Puedo asegurar que la ignorancia de las Fuerzas Armadas en geografía es vergonzosa…eso es mortal cuando se habla de ‘ganar una guerra’ y letal cuando pensamos en el desarrollo del país”.
En cambio la guerrilla se mueve como pez en el agua en las zonas que ocupa. Se les han cortado comunicaciones, contactos, suministros, pero no se ha golpeado su núcleo duro o, si se ha hecho, éste tiene alta capacidad de resistencia. En tales condiciones no se pueden dar partes de victoria. Resulta conveniente recordarlo: en el sur del Tolima no está el último reducto de las ‘Farc’ sino su primera trinchera. La conocen y la recorren hace cincuenta años.
Semejantes afirmaciones hacen pensar que la aparente neutralización de la lucha contra los grupos ilegales puede tener su explicación en esa ignorancia geográfica. Vale la pena establecer hasta dónde sea esa una explicación para hechos como el reciente asesinato de los ediles de Sumapaz y la misma ausencia de mejores resultados en el sur del Tolima donde, al parecer se refugia buena parte del secretariado de las ‘Farc. Cuenta Cadena que fue encargado de organizar en la Universidad Militar un postgrado en geografía, pero que ante la ausencia de alumnos –ningún militar se inscribió- tuvo que ser clausurado. Por Dios, sería cómico si no fuera tráfico.
*Ex senador, profesor universitario.