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Independencia sin identidad

28 de mayo de 2009 - 08:41 p. m.

Por estos días los medios de comunicación están dado noticia de eventos conmemorativos cumplidos en otros países de la región, con motivo del segundo centenario de la revolución americana.

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Tales hechos confirman que dicho proceso cubre, por lo menos, las dos últimas décadas del siglo XVIII y la primera del siglo XIX. En el caso de la Nueva Granada, se enmarca entre la insurrección comunera de 1781 y el cabildo abierto del 20 de julio de 1810.

Dos siglos antes ya se había registrado una famosa rebelión de ‘los comunes’ en la propia España: los ‘Comuneros de Castilla’ se sublevaron contra el rey Carlos V, blandiendo la bandera de las libertades municipales. En los conventos de Salamanca se redactó un documento que los frailes enviaron a todo el reino, en el cual criticaban la política absolutista de la corona y rechazaban su decisión de crear nuevos impuestos con el fin de utilizarlos en la campaña del rey para acceder al trono del sacro imperio.

A comienzos del siglo XVII en Paraguay se produjeron dos levantamientos comuneros. Aún antes las crónicas cuentan que el adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca, depuesto de su cargo de gobernador, fue enviado a España a bordo del barco llamado “Comunero”. También los hubo más tarde en Chile y en Bolivia donde tuvieron un gran componente indígena, lo mismo que en Venezuela y en el Perú, de manera que el movimiento comunero constituyó una verdadera ola insurreccional en casi toda la América del sur.

Fue aquel un sentimiento libertario anidado en la América profunda, cuya estirpe milenaria se hunde entre la historia, la leyenda y el olvido. O si se quiere en la vieja España medieval de los fueros locales –la misma que se sublevó contra Carlos V en 1521-  en cuyo seno los ibéricos “fundaron la libertad, inspiraron el derecho y emanciparon a los siervos”. O en la conjunción de esas dos líneas históricas y culturales. Cómo nos han falseado esa historia los pregoneros de la modernidad.

La conquista de América no fue una empresa de élites sino una aventura popular. Trajo consigo la idea fundamental del municipio como gobierno de proximidad, que al entrar en contacto con la organización indígena de los clanes, se convirtió en la mayor expresión de legitimidad institucional durante la colonia. No es casual que, precisamente de los cabildos, brotaran los levantamientos comuneros.

En efecto, un cabildo desafió al gobernador Cabeza de Vaca y otro al virrey Amar y Borbón. El proceso independista de 1810 no se hizo con ejércitos sino cabildos. Sus protagonistas –desde Villadar en Castilla en 1521, hasta Santafé en la Nueva Granada de 1810- se inspiraron en las ideas más progresistas del pensamiento español. Las mismas que depositaron el poder en el seno de la comunidad y no en la monarquía, las mismas que lucharon contra la teoría del derecho divino de los reyes, las mismas que se enfrentaron al absolutismo de Carlos V.

Fue después que nuestros pueblos compraron la mercancía ideológica de las tres grandes revoluciones liberales –la inglesa, la norteamericana y la francesa-  y por la disociación entre la realidad histórica o social y el diseño institucional, comenzaron a “crecer con su centro de gravedad situado afuera”. A lo largo de estos doscientos años, sólo de manera excepcional alguien se ha interesado en enderezar esas equivocaciones de la historiografía.

Por eso hoy estamos celebrando el bicentenario de una independencia sin identidad. Ni siquiera celebrándolo, pues no se ve gestión alguna en las comisiones designadas por los gobiernos nacional y distrital para ese efecto. La visión propia del centralismo político y cultural que aún subsiste, tampoco deja saber lo que se está haciendo en los ámbitos más creativos de nuestra vida comarcana. Ojalá ‘saquen la cara’ por su país y por su capital.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

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