La ética no se aprende, se construye. Sobre todo la ética pública que es la referida al comportamiento de personas –naturales o jurídicas, públicas o privadas, nacionales, extranjeras o globalizadas- frente a los asuntos propios de la sociedad. Un delito contra la administración pública es tan grave como la corruptela de un dirigente deportivo o empresarial, de un miembro del sector académico o de los medios de comunicación. Lo mismo ocurre con el clientelismo de un dirigente político o gubernamental, así se trate del más lejano, pequeño y olvidado de los parajes de la Colombia profunda.
Pero la ética comienza en la casa, en la familia, en la escuela. Nadie está exento del cabal ejercicio de la ética de la responsabilidad que tiene como eje central la idea de servicio. La disciplina ética sirve de freno al abuso, refuerza valores y robustece la calidad moral de personas e instituciones. Ética y moral no necesariamente significan lo mismo, pero ambas se proyectan sobre la sociedad para preservar los valores comunes. Como decían los abuelos, el mal ejemplo cunde. Claro, el bueno también. Pero la mixtura entre buenos consejos y malos ejemplos, que abunda en Colombia, es dañina.
En este momento los colombianos se enfrentan al reto de restaurar la democracia y rescatar el Estado de Derecho de la corruptela y de la impunidad. Pero eso exige una reconstrucción de los valores sociales. En Colombia hay un divorcio entre gobiernos y gobernados, que pasa por irresponsabilidades dirigente y por indolencia ciudadana. En medio de esa fractura se ha instalado una cultura de los antivalores que se extiende sobre casi todo el cuerpo social. Ninguna sociedad sobrevive sin valores éticos. Su desvanecimiento pone a la sociedad, literalmente, frente a un salto al vacío.
Este es el gran problema actual de la sociedad colombiana. En el pasado la corrupción vivía confinada al ámbito de una descomposición marginal que, ciertamente, estaba lejos de incidir sobre el suceso público. Ahora está en el centro de la vida cotidiana. Desde los años ochenta el ex presidente Turbay advirtió que era preciso reducirla a sus justas proporciones. El narcotráfico había traído consigo la cultura del dinero fácil y con ella una contaminación creciente que, a todo parecer, se está tornando incontenible.
Tal vez por eso Gabo se atrevió a decir en un momento dado que prefería el viejo país, a éste nuevo que no acabó de nacer con la Constitución del 91. Se refería, de seguro, al país del viejo López y del viejo Santos. Al país de los Lleras, de Echandía, de Gaitán. Incluso al de los comienzos del Frente Nacional que fue capaz de superar, con éxito, la violencia del medio siglo. Por desgracia terminó cerrándose sobre sí mismo y, en vez de consolidar la paz, inauguró una política de exclusión y la costumbre del clientelismo.
Suena a humor negro, pero la corrupción no solo se generalizó, también se democratizó. Invadió a casi toda la cúpula pública y privada –los carteles de la contratación, por ejemplo, son imposibles sin el concurso de los dos sectores- y se extendió a casi toda la base de la sociedad. El mal ejemplo cunde. Es preciso acometer una especie de reingeniería que incluya una pedagogía de la ética y un rediseño de las instituciones. La responsabilidad dirigente es gigantesca, pero el compromiso de cada colombiano también. Si el país no asume ese reto, se va a consumir en la cultura de los antivalores.
*Ex senador, profesor universitario. @inefable1