El problema de la democracia es un problema total, que no puede ser resuelto por partes: es un problema de todo o nada.
Con esas palabras se inicia el célebre libro del profesor Antonio García escrito en los años cincuenta del siglo anterior, bajo el mismo título de esta nota, cuando el país padecía una década de autoritarismos civiles y militares. En un escenario de guerra fría recién instaurada, el capitalismo ofrecía lo que no podía dar el comunismo: libertades políticas, mientras éste ofrecía lo que aquel no podía dar: igualdad económica.
Sin embargo uno y otro –desde sus ejes centrales en Washington y en Moscú- se quedaban en la teoría. Ambos sostenían gobiernos tiránicos, enviaban ejércitos para someter a sus aliados, condenaban a la indignidad a sus disidentes, mantenían privilegios individuales y de clase. Alguien dijo, por entonces, que a la hora de juzgarlos por sus comportamientos resultaban poco diferenciables desde el punto de vista moral. En ambos lados se proclamaba una democracia y se practicaba otra, o mejor, se proclamaba la democracia en la teoría pero se denegaba en la práctica.
El tema cobra de nuevo importancia. El siglo xxi superó aquella postura binaria y puso de presente la dimensión plural de las sociedades. Tal cosa supone un hondo cambio mental que, no obstante, parece estar lejos de incidir en el sistema de conducción de la política. Ese sistema se mantiene en pie con sus instrumentos de poder, sus tendencias hegemónicas, sus mecanismos de sectarización para la guerra y para la paz.
Con el pluralismo social la democracia deja de ser una ideología y se convierte en una cultura. Y la política debe abstenerse de inducir a la polarización para preocuparse por la adopción de fórmulas capaces de construir consensos. Estas conquistas, propias de un mundo plural, se aceptan en el mundo de la academia, incluso en el de los negocios, pero en el mundo de la política se quedan en la teoría. En el origen de las protestas campesinas de estos días, subyace la sinrazón de viejas costumbres políticas que obran a contrapelo de las posibilidades de manejar los problemas en forma democrática.
Por desgracia los colombianos se están volviendo a acostumbrar a la confrontación. Semejante postura es inconveniente y peligrosa en un país tan diverso como el nuestro. En buena hora el gobierno justificó la razón de la protesta y reconoció el abandono secular del sector agropecuario. El propio jefe del Estado llamó la atención a ministros que ejercen irresponsablemente sus funciones y, sin embargo, se aferran a sus cargos.
Es preciso recuperar la idea del diálogo sobre la del enfrentamiento. De la atención oportuna que los gobiernos presten a los problemas sociales, antes de que hagan crisis, depende que los ciudadanos recuperen su confianza en las instituciones. Y la actitud de las organizaciones contestatarias frente a su propia gestión política mostrará hasta dónde son capaces de ventilar diferencias a base de una relación civilizada. Ambos tienen el compromiso histórico de aclimatar en el país una auténtica cultura democrática. La democracia sólo es posible con demócratas.
*Ex senador, profesor universitario, atm@cidan.net