Bastaría mirar el mapa político de la región –en especial las dictaduras de Argentina, Brasil, Perú, Uruguay- para afirmar que, en los años setentas, Chile y Colombia eran las democracias de América del sur.
Al iniciarse la década Salvador Allende fue elegido presidente de Chile. Sucedió a Eduardo Frei quien al hacer dejación de su cargo dijo sentirse tranquilo “entregando el poder a un hombre educado en la democracia chilena”. Frei había formulado su programa bajo el lema de “revolución en libertad” y ahora Allende postulaba la “vía chilena al socialismo”. Semejantes consignas daban la medida de la ebullición social del país. Allí la democracia era una búsqueda para conciliar libertad con igualdad, cuando en nombre de una se extinguía la otra.
Como lo escribió recientemente en “El País” de Madrid el ex presidente Ricardo Lagos, aquel mundo de bipolaridad extrema no daba espacios para esos proyectos y al final la frontera de la guerra fría cruzó por Chile. Era la secta contra el diálogo. “Cuántas guerras se justificaron en nombre de uno u otro principio, como si ellos fueran antagónicos y no complementarios. Esa es la gran lección del siglo xx”.
En los años setentas el mundo vivía una sobreideologización obstinada, contumaz, recalcitrante. Por fortuna la nueva centuria trajo consigo la idea de tolerancia para manejar la pluralidad social. Allende sobrestimó la obediencia de sus fuerzas armadas a la constitución y subestimó las posibilidades de una intervención directa del gobierno Nixon para desestabilizarlo. Aquellas se dividieron frente al gobierno, los gringos se unificaron en su contra y el presidente terminó asediado por sus enemigos internos y externos. Finalmente el radicalismo de unos fanáticos impenitentes –con el espíritu prisionero de la revolución como épica y de la intransigencia como ética- lo empujó hacia el abismo.
Eran otros tiempos y, probablemente, hoy no se repetiría aquella dramática historia. Pero aun no termina para Chile la tragedia que empezó hace 40 años, cuando un golpe de fuerza hizo cambiar las cosas para siempre. Todavía hay chilenos que insisten en rendir homenajes a Pinochet. Es increíble: siguen privilegiando la confrontación sobre el entendimiento, y olvidan que los infortunios sociales demandan homenaje para las víctimas, no para los victimarios.
Es oportuno recordar esta historia en medio de la actual circunstancia colombiana. Aquí la tragedia comenzó hace más de medio siglo y tampoco termina aún. Las reacciones frente al proceso de paz y a las conversaciones de La Habana muestran un país polarizado y, en el debate de ciertos temas, con reacciones duras, agresivas, violentas. Muchos colombianos siguen cabalgando sobre la herencia de un fundamentalismo cerril o sobre la lección, mal aprendida, de un revolucionarismo que colapsó con la Unión Soviética. Seguimos sin aprender la gran lección del siglo xx.
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