La paloma de la paz es un símbolo que obra a favor de la construcción de consensos.
Sin embargo, parecería que quisiéramos repetir la historia de 1947, cuando se desató la dinámica bélica del fenómeno conocido como la Violencia liberal-conservadora del medio siglo. Con altibajos y mutaciones, aquella Violencia sigue siendo la misma que hoy afecta la tranquilidad y agobia la vida cotidiana de los colombianos.
El 7 de febrero de 1948 Jorge Eliecer Gaitán, en su condición de director único del liberalismo, organizó la marcha del silencio y pronunció en la plaza de Bolívar de Bogotá, su oración por la paz. El 15 del mismo mes hizo lo propio en la capital de Caldas, donde habían masacrado 20 campesinos y crecía la persecución política aupada desde escritorios oficiales y desde la misma fuerza pública. El discurso de Manizales se conoció como la oración por los humildes.
La Violencia del medio siglo XX no comenzó con autos de detención –justos o injustos— sino con tiros de fusil y masacres como las que aún tenemos en la memoria reciente. Pero antes de los disparos se produjeron declaraciones agresivas e irresponsables de los dirigentes nacionales. El Gobierno tiene que defender a sangre y fuego las instituciones, dijo un ministro; los liberales son cómplices de la subversión comunista, dijo un senador; los conservadores de todo el país deben armarse, dijo un obispo.
El historiador James Henderson, uno de los principales colombianistas norteamericanos, en su libro sobre la época de Laureano Gómez, afirma que “para fines de 1947 cerca de catorce mil colombianos habían muerto, lo que convirtió aquel año en uno de los peores de lo que llegó a conocerse como la Violencia” (p. 443).
Una de las primeras reacciones contra semejante escalada tuvo lugar el 17 de mayo de 1952 en Ibagué, donde numerosas damas preocupadas porque los niveles de odio y de violencia invadían las relaciones familiares, convocaron una gigantesca manifestación por la paz que tuvo respaldo de la Diócesis y mereció registro de la prensa nacional. Vale la pena recordar aquel hecho porque la prioridad nacional es, hoy, la búsqueda de consensos. A eso deben contribuir todos los colombianos y en particular las mujeres.
¿Acaso la senadora Paloma Valencia y la representante Fernanda Cabal quieren repetir aquella historia de barbarie? Por supuesto, cualquier ciudadano tiene derecho a defender al expresidente Uribe, a su hermano, sus intereses o su política. Pero no tiene derecho a falsear la historia, ni a denunciar un inexistente régimen del terror, y menos para incendiar un país cuya polarización alcanza niveles peligrosos. Lo responsable, lo sensato, lo serio es construir vasos comunicantes dirigidos hacia el propósito de desarmar los espíritus.
Tampoco contribuye a ello la administración de justicia en la cual ya no cree nadie: La Corte que mayor prestigio alcanzó sigue dictando sentencias con un magistrado sub-judice; la Procuraduría y la Fiscalía parecen de propiedad privada de sus titulares. Y ahora dos distinguidas congresistas prenden la mecha de una conflagración: parecen más bien palomas de la guerra. Fue así como se inició la Violencia del medio siglo xx.
* Exsenador, profesor universitario, @inefable1