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La triple amenaza

02 de febrero de 2017 - 10:45 p. m.

Si con la bomba atómica surgió para la humanidad el riesgo de desaparecer como especie, ahora se enfrenta al riesgo de desaparecer como civilización.

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Desde las sociedades más antiguas –las clásicas, las orientales, las precolombinas- los seres humanos vienen construyendo instituciones. Hoy se las define como reglas de juego capaces de garantizar la convivencia social. Tal cosa significa privilegiar el diálogo sobre la provocación, la democracia sobre el autoritarismo, la tolerancia sobre la exclusión. Supone también priorizar el consenso sobre la polarización y la política sobre la guerra. Sólo así se puede convivir en un mundo plural.

Los pensadores modernos –Maquiavelo, Hobbes, Bodino- hicieron prevalecer la uniformidad sobre el pluralismo. Por eso hablaron de soberanía nacional e identificaron Estado con Derecho. En la “Paz de Westfalia” hunden sus raíces casi todas las guerras ulteriores, sustentadas en una idea de estado-nación que no entendió las fronteras como vínculo sino como muralla: La guerra era una forma de hacer política por otros medios.

Bien recuerda Bobbio que, en medio del monismo propio del pensamiento moderno, la Teoría de las Instituciones tuvo el mérito de ampliar el horizonte de la experiencia jurídica más allá del concepto de Estado-nación. En otras palabras, rompió el círculo cerrado de la idea estatalista, para recuperar la conciencia de sociedad plural y aceptar la vigencia de otras formas de derecho distintas a la estatal/nacionalista.

En la conciencia de pluralidad y en la necesidad consecuente de diseñar instituciones que la reconozcan, descansa la civilización contemporánea. Por eso hoy la política es el sustituto de la guerra y, por la misma razón, es preciso inmunizar los acuerdos nacidos del diálogo, frente a los enfrentamientos nacidos de las polarizaciones. De lo contrario la guerra se convertirá de nuevo en una forma de hacer política y colapsará cualquier forma  de organización institucional capaz de garantizar la convivencia social.

Eso ya no sería civilización sino barbarie, y es la gran amenaza que hoy se cierne sobre el mundo. Es una especie de amenaza múltiple que fundamentalmente se proyecta sobre las dos realidades principales del siglo xxi: la “aldea global” y la “aldea local”. Esta es necesaria porque significa la única relación auténtica que le queda al ciudadano con la democracia; y aquella es inevitable por razones económicas, políticas y tecnológicas.

Ambas requieren instituciones adecuadas, pero a ninguna le sirve el Estado-nación. La Unión Europea –como intento de construir una nueva institucionalidad para la paz, en lo que fue un escenario de guerras– es el mejor ejemplo de civilización contemporánea. Europa sabe que la gran amenaza sobre las instituciones, como reglas de juego para la convivencia, es el populismo nacionalista. Por eso su postura similar ante dos amenazas que percibe directas: el estado islámico de Bagdadi y el populismo gringo de Trump.

Queda por mencionar la delincuencia universal que tiene capacidad de intimidar, cooptar o eludir los poderes del estado-nación, empezando por las grandes potencias. Ver para creer. El siglo xxi se anunció como esperanza de convivencia universal. Ahora una triple amenaza, de diferente signo pero de irresponsabilidad semejante, ensombrece su futuro. Y pone a la humanidad en riesgo de desaparecer como civilización.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable

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