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Lecciones de la historia

09 de diciembre de 2011 - 10:12 a. m.

Dijo hace pocos días el ex presidente Uribe que ni su generación, ni las generaciones más próximas a la suya, habían vivido un solo día de paz en su patria.

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Tiene razón. Pero también tiene la culpa de no haber avanzado hacia la paz cuando pudo hacerlo. Hubo en su gobierno varias ocasiones propicias que no se aprovecharon para abonar la paz sino para alimentar la guerra. Al inicio de su primer gobierno supo sintonizar bien su política con el sentimiento de los colombianos agobiados por tantas violencias juntas. En cualquier caso la guerra degrada, pero en Colombia envileció a la guerrilla y la convirtió en un sistema de vida.


La obligación de gobernantes y de ciudadanos no sólo es gestionar y presionar contra la violencia sino participar en función del logro de la paz. Las guerras son una perversión de la historia que las sociedades civilizadas han debido desechar hace tiempo. Sin embargo las fomentan. Pero una guerra indefinida no tiene sentido porque los grupos victoriosos suelen abusar del poder y los derrotados suelen abusar de su rabia. Ese es el origen del atropello de gobernantes y del terrorismo de contestatarios.


El desbalance de la ecuación victoria-derrota incuba nuevas guerras, como lo muestra la historia. Por eso es mejor que las guerras terminen en armisticio. Ese es el escenario que debe presionar el ciudadano y gestionar el presidente Santos en estos momentos, y así parece entenderlo el jefe del estado. De otra manera los tiempos de paz seguirán siendo esquivos para las nuevas generaciones, hasta más allá de su muerte.


El camino hacia la paz también demanda reformas de fondo, acompañadas de una alta dosis de pedagogía. En las últimas dos décadas se han aprobado reformas políticas, judiciales, electorales, tributarias, en fin,  reformas múltiples, casi todas a contrapelo del espíritu de la constitución de 1991. No pasa nada porque a la constitución le faltó pedagogía. Antes de que se aclimatara en la conciencia nacional, ya se estaban produciendo contrarreformas. Por eso el “nuevo país” que los colombianos barruntaron en forma tan esperanzadora en el año 91, colapsó antes de acabar de nacer.


Ahora es prioritario construir acuerdos en medio de las diferencias. Entre unos gobiernos sin brújula y otros con autoritarismo el país terminó en una polarización inconveniente. Los últimos ocho años vieron una confrontación estimulada desde la propia cúpula del estado, que sembró desavenencia entre sectores sociales cuyo compromiso debía ser el logro de consensos mínimos. Por eso es necesaria toda una pedagogía oficial capaz de recuperar la capacidad para el acuerdo.


Una sociedad tan desigual como la nuestra tiene que superar la polarización si quiere evitar consumirse en la guerra. Esa es otra lección de nuestra historia. James Henderson recuerda en su obra “Cuando Colombia se desangró” cómo, en 1953, el gobierno logró la desmovilización de grandes contingentes guerrilleros sin disparar un solo tiro. El propio Tirofijo, dice Henderson (El Áncora/84, p. 229), escribió en sus “Cuadernos de campaña”: “La lucha popular armada no fue derrotada por la lucha armada, sino por la política”. Más tarde el gobierno resultó inferior a su momento y, claro, la guerrilla era, por entonces, otra cosa. Pero nuestra historia de confrontaciones sigue siendo la misma. Y, como dicen los entendidos, la política sirve para evitar las guerras.


Ex senador, profesor universitario.


atm@cidan.net

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